La guerra y el coronavirus

A los que, como militares profesionales, hemos sido educados y entrenados para saber hacer la guerra, nunca nos ha sorprendido que esta palabra se utilice a menudo con significados muy distintos al de "enfrentamiento armado entre grupos humanos", que es, en resumidas cuentas, el más correcto, técnicamente hablando.

"¡Qué guerra dan estos niños en el patio!" es expresión familiar, así como hablar de la guerra contra el alcohol, la droga o la pobreza. Tampoco sorprenden estos días los elogios a los que "combaten en la primera línea" contra el coronavirus, recreando mentalmente un teatro de operaciones clásico, donde las líneas atrincheradas, protegidas por alambradas, se enfrentan entre sí.

En el ámbito de la religión, el esfuerzo personal se describe a menudo con expresiones bélicas: "¡Guerra al pecado! ¡Guerra a la tibieza!". E incluso en la enseñanza se estimula a los alumnos valorando la resolución de un problema matemático como "la victoria final".

En la actual situación de grave amenaza sanitaria que la pandemia de Covid-19 extiende por todo el mundo, recurrir a términos bélicos es algo bien aceptado y se escucha repetidamente en los medios de comunicación. En España, además, la presencia de altos responsables uniformados de la seguridad nacional en algunas ruedas de prensa del Gobierno ha contribuido a fijar la idea dominante de que estamos en plena "guerra contra el coronavirus".

Pero si para vencer la pandemia son ciertamente beneficiosas algunas cualidades de los que saben hacer la guerra (disciplina, cumplimiento exacto de las órdenes, trabajo en equipo, anticipación y previsión, etc.), acentuar el carácter bélico del actual problema puede llevar a dejar de lado los muy importantes aspectos humanos, sociales, afectivos e íntimamente personales con los que cada uno debe afrontar tan penosa situación para tener éxito en el empeño común.

Ha habido una resonante llamada de atención en la que ambas palabras -"coronavirus" y "guerra"- se han combinado de distinto modo. El pasado lunes, el secretario general de la ONU, António Guterres, proclamó ante el mundo que el peligro del coronavirus debería incitar a todos los pueblos a declarar un "alto el fuego mundial" en todas las guerras en curso en el planeta.

Identificó claramente al virus como "el enemigo común" e insistió en la necesidad de detener todas las guerras "para dedicarse a la verdadera lucha por nuestras vidas", la de vencer la pandemia que nos ataca. Los países en guerra, sufriendo miserias, ruinas, emigraciones y carencias básicas, son especialmente vulnerables al coronavirus. Por eso pidió cesar las hostilidades, dejar de lado la desconfianza y la animosidad: "Silencien las armas, detengan la artillería y los ataques aéreos. Es esencial."

Si las armas callan podrán establecerse corredores humanitarios para ayudar a los pueblos en peligro, restablecer vínculos diplomáticos y contactos indispensables para la seguridad común.

Para concluir, creo necesario insistir en la idea de que así como los que ya estamos sufriendo los efectos de la pandemia advertimos que hay cosas que habrá que cambiar en nuestras formas de vida para que esta catástrofe no se repita, un alto el fuego generalizado haría reflexionar a los que sistemáticamente recurren a la guerra para lograr sus objetivos y llevarles a la conclusión de que quizá no sea la guerra el mejor medio para hacerlo, y conseguir así que la paz ocupe un lugar preferente en nuestras conciencias.