Reflexiones de un octogenario ante el virus

Como todos los que nacimos cuando en España ondeaba la bandera tricolor (hoy octogenarios), formo parte de lo que estos días se ha dado en llamar “población de riesgo” ante el peligro de contagio con el virus que los expertos han denominado Covid-19.

Naturalmente, y por la cuenta que me trae, cumplo con las recomendaciones que las autoridades civiles y médicas han publicado estos días. Si he aumentado el número de veces que me lavo escrupulosamente las manos, convencido de su necesidad, me es más difícil cumplir la norma de “no realizar viajes innecesarios”, que encuentro imprecisa. ¿Innecesarios para quién? Yo he de seguir asistiendo al consultorio médico que regularmente me atiende, porque en caso contrario sería peor el remedio que la enfermedad, no me infectaría el virus pero podría sufrir otros males de peores consecuencias.

De momento, no muestro ninguno de los síntomas atribuidos al citado virus, pero si se dieran estas circunstancias tengo bien apuntado el número del teléfono de atención médica al que recurrir. Lo que suceda después ya no está dentro de mis responsabilidades.

Pero sí está dentro de mis suposiciones. A pesar de la innegable calidad de la Sanidad en España, no ignoro que se han cerrado camas, se han privatizado hospitales, se han recortado presupuestos y se escucha a ciertos dirigentes políticos que reclaman una creciente reducción de impuestos, olvidando que es con ellos como se paga la Sanidad y la Educación públicas, al alcance de todos los españoles y no solo de los privilegiados.

Por último, hay que agradecer a los medios de comunicación sus esfuerzos para tener informada a la opinión pública ante un fenómeno que a todos nos afecta. Y reprochar a bastantes de ellos una evidente caída en el sensacionalismo, que quizá tenga algo que ver con la “cuota de pantalla” o el número de lectores.

No faltan los presentadores que informan del avance del virus con un énfasis propio de una competición deportiva, y los que insisten en que están dando “una exclusiva”, frivolizando algo tan serio como es la posibilidad de morir en una epidemia. Un acreditado periodista español lo comentaba así el pasado martes: “Me parece que una parte de la prensa y de los periodistas deberían reflexionar y pensar que la información no es un circo, ni el sensacionalismo una característica loable de la profesión… El periodismo se ha degradado hasta convertirse en una caricatura de sí mismo. No creo que eso sea bueno ni para la profesión ni para las libertades ni para el bienestar de la Humanidad”.

Es de agradecer, por el contrario, al Gobierno y a las autoridades sanitarias su esfuerzo por no crear nuevas alarmas que refuercen el nerviosismo y conduzcan a actuaciones irresponsables o situaciones de desabastecimiento. Esto ayuda a normalizar la vida de las personas, aun siendo conscientes de la gravedad de la epidemia que nos aqueja.