¿Se puede disuadir a los inmigrantes?

En 2013, hace ahora más de seis años, se discutía en España sobre aquellas alambradas, provistas de dañinas y afiladas cuchillas, instaladas en la valla que separa Melilla de Marruecos. Asunto similar ha vuelto a la luz estos días con motivo de la modificación que está previsto aplicar en la frontera entre Marruecos y las ciudades autonómicas de Ceuta y Melilla, elevando la altura del actual vallado.

Entonces, como hoy, se argumentaba la necesidad de hacerlo basándose en la “teoría de la disuasión”. Incluso se llegó a aludir a cierto paralelismo de esta teoría con la que en el pasado sustentó la llamada disuasión nuclear que, según algunos, fue la que mantuvo la paz mundial aunque, según otros, fue en realidad un generoso regalo de los Gobiernos a los fabricantes de armamento.

De cualquier modo, aquella disuasión nada tenía que ver con lo que se aduce respecto a las citadas vallas. La disuasión nuclear fue “activa”, es decir, dependía de la voluntad de los gobernantes para amenazar con sus armas y crear situaciones favorables en un posible conflicto bélico. Todo lo contrario ocurre con las vallas ahora discutidas, que son, en todo caso, una disuasión “pasiva”: una vez instaladas, están siempre ahí y su acción solo se hace sangrienta cuando “son atacadas” por los que van a sufrir sus efectos. Este es el núcleo del asunto que hoy nos ocupa.

Esa disuasión pasiva, esa amenaza de sangre, dolor y padecimiento que afrontan los que pretenden entrar en territorio europeo nunca será superior a la desesperada voluntad de los emigrantes que están a punto de completar su largo y penoso recorrido por tierras asiáticas o africanas, cuando solo les quedan unos metros para alcanzar la meta soñada por la que no les importa arriesgar la vida. Lo que estos días sucede en la frontera greco-turca es muestra evidente de ello.

Las personas que periódicamente asaltan la muralla que les separa de ese mundo en el que pretenden rehacer sus vidas son, por tanto, inmunes a esa teoría de la disuasión que se aduce para reforzar la muralla europea. El problema fundamental de la actual polémica no se halla tanto en los instrumentos (alambradas, perímetros defensivos, armas, disparos y demás) como en el aspecto moral de su finalidad.

Desde la civilizada Europa resulta difícil, cuando no imposible, justificar lo que en el fondo es un atentado contra unos seres desvalidos que buscan mejorar su situación personal. Unos huyen de la persecución, la tiranía o las guerras; otros, simplemente del hambre persistente.

El inmigrante no debería ser considerado como un peligro, sino como alguien que puede aportar riqueza a la construcción social del país que le acoge. No es solo un problema de legislación ni de orden público: es una cuestión de cultura, de civilización, de que los Estados asuman que el derecho humanitario no es una entelequia teórica que a menudo enarbolan los gobernantes para adornar sus discursos.