Lo que ya se veía venir: asesinatos oficiales a distancia

En junio de 2012, el New York Times publicó un resonante artículo en el que se explicaba cómo el presidente Obama participaba personalmente en la selección de aquellas personas que debían ser eliminadas por los drones de la CIA en cualquier parte del mundo.

Lo de los drones era ciertamente asunto de actualidad y Obama había intensificado su uso, pero que la CIA se encargara de tales menesteres no era nada nuevo. En épocas anteriores había intentado envenenar a Lumumba, posteriormente asesinado con colaboración belga. También planeó asesinar a Fidel Castro. Con su intervención fueron eliminados el dictador dominicano Trujillo, el vietnamita Diem y Osama bin Laden, entre otros.

Pero es interesante advertir que en ese mismo mes y como consecuencia del artículo antes citado, el digital estadounidense tomdispatch.com publicaba lo siguiente: “Esté usted seguro de una cosa: sea quien sea el candidato que usted elija en noviembre [cuando Obama resultó reelegido], usted no está eligiendo al presidente de los EE.UU.: está eligiendo al asesino-en-jefe”.

En él se explicaba cómo se estaba abriendo una nueva etapa en la historia de la “presidencia imperial”, muy distinta de la anterior, en la que los presidentes no se manchaban las manos con los enredos de esos asesinatos y los desmentían sin dificultad. Ahora, añadía, hay “un presidente (o su equipo electoral) que ha reunido a los asesores, ayudantes y otros asociados para preparar una historia cuyo fin es difundir el orgullo colectivo de ese grupo ante la nueva posición del asesino-en-jefe”, que era precisamente lo que narraba el artículo del NYT para apoyar a Obama durante la precampaña electoral.

En los últimos años de la presidencia de Obama, se discutió sobre la precisión de los drones y en 2013 el Secretario de Defensa aseguraba que “los daños colaterales se limitan mejor con drones que con bombardeos, incluso usando bombas de precisión”. Nunca se llegó a demostrar esto.

La reciente eliminación de un alto mando militar iraní, que agravó la tensión internacional la pasada semana, es el remate de todo lo anterior, porque Trump alardeó públicamente de que él mismo, en persona, había sido quien tomó la decisión de eliminar al general Soleimaní de la forma en que se hizo.

Desde la llegada de Trump al poder, la escalada ha sido evidente. Los tímidos controles que había establecido Obama para lavar la cara a los asesinatos selectivos enseguida fueron suprimidos. Se dejaron de publicar los datos sobre bajas civiles y se ocultó a los medios lo relacionado con las operaciones de los drones. Esto era lógico en alguien como Trump que, al serle explicada sobre las pantallas una operación de ese tipo, preguntó al oficial de servicio por qué no había aprovechado la ocasión para matar también a la familia del terrorista. Incluso está cambiando el vocabulario utilizado en EE.UU.: lo que antes la prensa solía llamar targeted killing (algo así como “destruir al objetivo seleccionado”) se empieza a denominar simplemente assassination.

Los datos verificados muestran que en el primer semestre del pasado año los ataques aéreos y con drones en Afganistán han asesinado a más personas que los talibanes, como se leía en The Wall Street Journal. Ataques contra festejos y bodas, contra granjas y otros lugares habitados, que mataban mujeres embarazadas o niños en las escuelas.

La amenaza de Trump de destruir “bienes culturales” sirios ha sido quizá el ápice de esta fiebre aniquiladora. Preocupa en los sectores menos “trumpófilos” de EE.UU. el peligro que representa para el país y para el mundo un presidente que conscientemente alardea de su autoridad legal para destruir y asesinar sin ningún control exterior. Es muy probable que en 2020 presenciemos acontecimientos inéditos de esta índole y que sepamos de ellos leyendo los triunfales tuites enviados desde el despacho oval de la Casa Blanca.