Una semana de reuniones internacionales

El futuro de la OTAN por un lado y la emergencia climática por otro, en sendas conferencias internacionales celebradas respectivamente en Londres y Madrid, llenan estos días amplios espacios de nuestros medios de comunicación.

La OTAN y sus problemas ocuparon dos días londinenses al principio de la semana, dedicados a conmemorar el 70º aniversario de la fundación de la Alianza. Aunque ésta se creó en abril de 1949, la incertidumbre que Trump produce en todo lo que le rodea obligó a rebajar el nivel de la celebración en la misma fecha de su cumpleaños y a demorar hasta ahora el encuentro de sus dirigentes al máximo nivel.

La defensa europea, las amenazas previsibles, el funcionamiento interno de la Alianza y su capacidad para hacerlas frente, la disposición de EE.UU. para asumir sus compromisos, las relaciones con Rusia o China, la permanencia en ella de un Reino Unido que abandona Europa y algunos otros asuntos más, como la invasión de Siria por Turquía, mantienen en tensión a los aliados y el ambiente no está para celebraciones. Trump, Macron y Erdogan se miran con desconfianza y solo faltaba la amenaza de Trump de atacar comercialmente a Francia para comprobar que el deseable entendimiento no está a la vuelta de la esquina.

Pues bien, los muy acuciantes problemas de la OTAN, que tanto preocupan, podrían asemejarse a una riña en una comunidad de vecinos, donde éstos se estarían peleando por cómo recoger las basuras mientras la ciudad entera ardía en salvajes incendios descontrolados que los bomberos no lograban extinguir, si se compara lo discutido en Londres con los muy graves problemas abordados en la COP25 que ahora se está desarrollando en Madrid.

Hacer frente a la emergencia climática dentro de los parámetros establecidos en el llamado “Acuerdo de París” es algo donde se juega el futuro de la humanidad y del planeta. Frente a esto, el futuro de la OTAN deja de ser relevante.

Desde que en 1992 la ONU dio los primeros pasos para hacer frente a este problema y en 1995 se celebró la primera Conferencia (COP 1), las emisiones de gases de efecto invernadero han aumentado sin interrupción. El punto de “no retorno”, a partir del cual el deterioro sería irreversible y las consecuencias imprevisibles, está muy cerca.

La comunidad científica asegura que si para 2030 no se han reducido las emisiones en un 50%, el cambio climático no podrá frenarse y la catástrofe será imparable. Se trata, pues, de un problema urgente que requiere la atención de todos.

Pero el problema no es solo una cuestión de “Ciencias Naturales”, sino que también afecta a las “Humanidades”. El deterioro que ya estamos observando a causa del calentamiento global incide sobre todo en los países más pobres y, dentro de estos, afectará con más intensidad a las personas más vulnerables. Según un informe de Oxfam, el empeoramiento del clima ha expulsado de sus hogares a más de 20 millones de personas, en su mayoría necesitadas y desvalidas.

La emergencia climática va a aumentar el ya peligroso desequilibrio entre ricos y pobres. Y esto afectará a la vida política de los pueblos: ¿cuánta desigualdad socioeconómica puede aguantar la democracia y seguir funcionando como tal?

A partir del próximo sábado (tras la manifestación pública convocada para mañana, 6 de diciembre) se iniciará, en paralelo con la COP25, la llamada Cumbre Social, con más de un centenar de actos programados que abordarán los temas que afectan a la emergencia climática. Sus organizadores tachan a la COP25 de eurocéntrica y pretenden “articular protestas y críticas” a su desarrollo. Bueno es que puedan escucharse las voces más diversas si contribuyen al mismo fin.

A estas alturas es obligado preguntarse ¿sirven para algo estas conferencias?, recordando otros foros que tras la catástrofe financiera de 2008 prometían “reformar el capitalismo” y no volvió a saberse nada de ellos. La respuesta es obligatoriamente afirmativa. Lo poco que se ha avanzado en sentido positivo se debe a aquellas, aunque sea con retraso y quizá el tiempo perdido ya no pueda recuperarse.

Además, esas reuniones internacionales fuerzan a reflexionar sobre lo que cada uno puede hacer para colaborar en este esfuerzo. ¿Ir en coche hasta el centro de la capital y aparcar delante del cine o recurrir al transporte público? ¿Salvar la Amazonia o reconstruir la catedral de París? Las decisiones a tomar son de todos pero el impulso, si llega a tener éxito, habrá de surgir desde abajo. Como el de los innumerables jóvenes movilizados por la estudiante sueca que ha puesto en pie un movimiento mundial.