De armas y guerras

Durante una visita a la isla de Guam en 1969, con motivo del regreso a la Tierra de los astronautas del Apollo 11 tras haber pisado la Luna, el presidente Nixon tomó una decisión que marcó el rumbo que habría de seguir la política exterior de EE.UU. Mientras en Vietnam se desarrollaba una guerra que parecía interminable y multiplicaba las bajas militares de EE.UU., Nixon comentó a los periodistas que le acompañaban que había que terminar con la práctica de enviar fuerzas militares al extranjero para combatir en diversos teatros de operaciones. La nueva política se definiría así: “Enviar armamento en vez de soldados”.

En líneas generales, se reforzó la idea de armar a los países que, gobernados por élites amistosas sin tener en cuenta su signo político, adoptaban políticas favorables para EE.UU. Así ocurrió en Irán, durante el reinado del sah Reza Pahlevi, y con Arabia Saudí en tiempos de Nixon. Tal política viene manteniéndose hasta el presente.

El resultado es que EE.UU. se ha convertido en el mayor vendedor de armamento de todo el mundo, proveedor habitual de casi un centenar de países, hasta el punto de que más de la mitad de todas las armas vendidas en Oriente Medio son made in USA.

El presidente Reagan armó a los muyahidines afganos para combatir a Rusia, con armas que luego utilizaron los guerreros de Al Qaeda contra las tropas occidentales. Las profusas ventas de armas en Oriente Medio han tenido muchos efectos nefastos, como la prolongada guerra en Yemen que ha llevado a este país a una catástrofe humanitaria sin precedentes, aplastado bajo las bombas fabricadas en EE.UU. y lanzadas por pilotos saudíes.

En varias ocasiones han surgido conflictos regionales que se convirtieron en guerras donde ambos bandos se batían utilizando el mismo armamento fabricado en EE.UU. De ese modo Grecia y Turquía combatieron por Chipre en 1974; y lo mismo acaba de ocurrir en Siria, donde tropas turcas han atacado a las milicias kurdas, sirviéndose ambos bandos del mismo proveedor de armas. A este respecto conviene recordar que recientemente Washington ha amenazado a Ankara con sanciones por adquirir armamento antiaéreo ruso, con el pretexto de que no es compatible con los sistemas equivalentes usados en la OTAN.

Según datos del SIPRI (siglas del “Instituto internacional de Estocolmo de investigación por la paz”), entre 2014 y 2018 EE.UU. suministró el 54% del armamento abiertamente adquirido por países del Oriente Medio; a mucha distancia le siguen Rusia con un 9,5%, Francia con 8,6%, Reino Unido con 7,2% y Alemania con 4,6%. China, a la que algunos consideran posible sucesora de EE.UU. para este menester, solo participó con menos del 1%. (El resto, hasta el 100%, corresponde a adquisiciones ocultas de armas).

En una excepcional entrevista televisada que el programa “Salvados” hizo al papa Francisco, éste mostró su pesar por la venta de armas españolas a Arabia Saudí: “Me da mucha pena, pero te diría que no es el único Gobierno [que lo hace]”. Manifestó su desánimo y dijo que esos Gobiernos que venden armas “no tienen derecho a hablar de la paz”, porque “están fomentado la guerra en otro país y después quieren la paz en el propio”.

Reflexionó así: “La vida se las cobra, por uno u otro camino. Si armas la guerra allí, la vas a tener en tu casa, quieras o no”. Es un modo sencillo de explicar lo que la experiencia histórica muestra con nitidez: armas y guerras van inexorablemente del brazo, aunque no pueda asegurarse si unas son causa o efecto de las otras. Pero sí sabemos que ambas constituyen uno de los más graves factores mortíferos desde los albores de la humanidad.