El arte frente a la guerra: de Leningrado-1942 a Sarajevo-1993

En agosto de 2012 escribí en estas páginas digitales un comentario (“La sinfonía que silenció a la artillería”) con motivo del 70º aniversario del estreno en Leningrado de la 7ª Sinfonía de Shostakovich en agosto de 1942. Ocurrió durante el largo asedio al que el ejército alemán sometió a la ciudad, donde habían muerto cerca de un millón y medio de sus habitantes cuando en enero de 1944 el ejército soviético logró romper el cerco.

Años después, antiguos soldados alemanes, ciudadanos por entonces de la Alemania del Este, comentaban que al escuchar la música desde sus trincheras llegaron a pensar que una ciudad cuyos malhadados habitantes demostraban tan elevado ánimo en increíbles circunstancias de penosidad, no se rendiría con facilidad, como así ocurrió. Se cuenta que algunos soldados alemanes lloraron al escuchar la música que transmitían los altavoces rusos por encima de las alambradas; personas que, desde dos bandos enfrentados y matándose con ensañamiento, necesitaban por igual de la música para resistir el horror de aquella guerra.

El lector habrá de avanzar ahora algo más de medio siglo, recorrer unos 2000 km a vuelo de pájaro desde San Petersburgo a Sarajevo y trasladarse desde los dominios de la música hacia los del arte escénico, abandonar a Euterpe por Melpómene.

Benjamín Moser, autor de una reciente biografía de Susan Sontag, narra en The New York Review cómo la polifacética escritora, filósofa y activista organizó en 1993 en Sarajevo una representación de la obra “Esperando a Godot”. Lo hizo bajo la misma agobiante sensación de tragedia, asedio, muerte y violencia con la que Eliasberg dirigió a los famélicos músicos peterburgueses que levantaron el espíritu de la población y acallaron por unas horas a la artillería alemana.

Sontag quedó para siempre absorbida por el destino de Bosnia. Escribió a una amiga: “Venir a Sarajevo ahora es parecido a lo que pudo ser visitar el gueto de Varsovia en 1942”. En Sarajevo se jugaba el destino de Europa, ante la indiferencia de los europeos. En una de sus primeras visitas, durante una reunión con intelectuales bosnios Sontag les preguntó: “¿Qué deseáis que haga yo, aparte de traer comida, dinero, agua o cigarrillos? ¿Qué queréis de mí?”.

Moser muestra cómo allí nació la idea de representar una obra teatral, que además de dar trabajo a los actores, suscitaría un interés cultural y haría ver a los europeos que los “bárbaros clanes yugoslavos” no lo eran tanto. Se decidió montar Esperando a Godot, de Samuel Beckett. La elección de esta obra era evidente. En Sarajevo estaban esperando que alguien viniera y les librara del mal que les abrumaba, del sufrimiento, de la muerte. Pero nadie lo hacía. Esperaban en vano. Esperaban que alguien con poder en el mundo exclamara: ¡Esto es un sinsentido, tanta gente muriendo…! En Sarajevo, realmente, se estaba Esperando a Godot.

Durante el cálido y hambriento verano de 1993 -escribe Moser-, Sontag y sus actores ensayaban diez horas diarias. A veces, a la luz de las velas. Apenas disponían de electricidad, no tenían decorados ni vestuario: “Sin embargo, la producción se convirtió en un acontecimiento cultural en el sentido más elevado de la expresión, algo que mostraba lo que la cultura modernista había sido y lo que, en circunstancias extraordinarias, podía todavía ser”.

La representación tuvo éxito, difundió confianza en la población, los que la vieron nunca la olvidaron: “Si algo es fuerte, durante la guerra es cien veces más fuerte. Si es bueno, es cien veces más bueno. El factor psicológico era enorme”.

Se logró también un gran eco en la prensa internacional. La brutal e inútil violencia de Sarajevo se difundió por el mundo mostrando su horror. Fotógrafos, periodistas, personalidades de la cultura ayudaron al mundo a conocer el espanto de lo que allí estaba ocurriendo.

Sontag y el Teatro se opusieron a la guerra aunque no la detuvieron ni consiguieron provocar la intervención internacional que muchos anhelaban para detener la masacre. Sus esfuerzos le resultaron en algunos casos perjudiciales, cuando sus implacables denuncias contra la inacción de los poderosos le crearon serios enemigos.

Por fin, Susan Sontag, nombrada ciudadana honoraria de Sarajevo, ha dado su nombre a la plaza situada frente al Teatro Nacional de Bosnia. Ninguna voz se ha oído discrepando de tan merecida distinción póstuma.