Religión y política en Israel

La fotografía que ilustra este texto muestra a dos personas tomándose la vida en serio. Una devota muchacha judía reza, ensimismada, ante una de las puertas que dan acceso al llamado “Monte del Templo”, en la parte antigua de Jerusalén. A su lado un agente monta guardia, aparentemente ajeno a todo lo que le rodea.

La religión se hace visible en el gesto místico de la mujer; la política se observa en el hieratismo del vigilante armado, dispuesto a mantener el orden público a toda costa. Para eso lo han puesto ahí.

Estamos ante uno de los lugares más cargado de religión de todo el mundo. (Parafraseando a Churchill, no sería equivocado asegurar que “Jerusalén produce más religión que la que puede consumir”). Ambas personas se hallan ante una de las puertas (Puerta de los comerciantes de algodón) de entrada a la Explanada de las Mezquitas, tal como la conocen los fieles musulmanes, o al Monte del Templo, según lo denominan los judíos.

La foto está hecha el pasado 11 de agosto, tras los disturbios que ese día se produjeron en esta zona como consecuencia de la coincidencia en ella de dos festividades religiosas: una judía y otra musulmana.

Gran parte de los mitos y tradiciones de las “religiones del libro” se concentra en un pequeño espacio del corazón de Jerusalén: la piedra donde Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo Isaac; el lugar sagrado donde David construyó el primer templo para venerar el Arca de la Alianza; y la misma piedra desde donde Mahoma inició su ascensión celestial.

Es el tercer lugar más sagrado del islam, después de las ciudades de La Meca y Medina. Inmediato a la explanada está el Muro de las Lamentaciones, el más significativo lugar de rezo para los judíos.

Los calendarios religiosos hebreo y musulmán, basados en ciclos lunares, han sido este año la causa de conflicto, porque han hecho coincidir en el mismo lugar dos festividades: el día en que los judíos lloran la destrucción del Templo (una de las fechas religiosas más fervientemente vivida por el judaísmo) y el día en que la tradición musulmana rememora la prueba de fidelidad del profeta Ibrahim (Abraham), el sacrificio de su hijo, que con distintos nombres (Isaac o Ismael) y fechas de celebración se refiere a la misma tradición bíblica.

Esta conflictividad es, por tanto, de raíz religiosa y se ve afectada por motivos políticos, ya que el estatus de la Explanada y de la Ciudad Vieja, sobre el que inciden diversas y complejas circunstancias (guerras, ocupación, acuerdos…) es muy confuso. Permite o impide a los fieles de una u otra religión acceder a los lugares venerados en determinadas circunstancias que no siempre son aceptadas sin protesta. Esto se combina hoy con la inminencia de las próximas elecciones en Israel, la presión de los judíos ultraortodoxos y su creciente peso político en la vida de Israel, así como las divisiones internas que agrietan a la sociedad.

Esta mezcla de política y religión en la vida cotidiana de los ciudadanos israelíes (judíos, musulmanes, cristianos, etc.) es lo que hace difícil reconocer a Israel como un Estado “normal”. Por eso no han sorprendido las recientes noticias de que el Gobierno está sugiriendo a las mujeres judías recuperar las enrevesadas normas bíblicas de purificación “postmenstrual”, como modo de atraer el voto de los más atrabiliarios sectores del judaísmo.

Jonathan Swift escribió: “Tenemos bastante religión para odiarnos unos a otros, pero no la suficiente para amarnos”. Reflexión aplicable directa, pero no exclusivamente, a Israel en los tiempos que estamos viviendo.