Negros augurios

La Historia de la humanidad está llena de matanzas, genocidios y exterminio masivo de seres humanos. Las guerras, instrumento de invasiones o conquistas coloniales, de cambios de dinastía en reinos e imperios, los ensañamientos por motivos religiosos y la competición por recursos vitales han aniquilado millones de seres humanos a lo largo de los siglos.

Repasando los textos históricos puede llegarse a la conclusión de la inevitabilidad de tan sangrientos episodios, provocados por el ansia de poder de dirigentes políticos, por el fanatismo de los pueblos excitados o por apocalípticas imaginaciones sobre enemigos siempre acechantes y prestos a destruirnos. (Hasta hace poco, fueron los comunistas; ahora, los islamistas. ¿Después?)

Pero no es preciso ahondar en las razones de cada matanza masiva (sea la invasión de los mongoles o el aniquilamiento atómico de dos ciudades japonesas) porque las raíces de estos acontecimientos están próximas y visibles.

Ahora mismo, al escribir estas líneas, dos numerosos grupos de infelices emigrantes africanos malviven, al borde de la catástrofe, en sendos buques que los han salvado de una muerte inevitable. No son los diez millones de congoleños que perecieron en el siglo XIX bajo la colonización belga. Pero también éstos pueden llegar a morir ante la mirada ciega de una Europa que no se pone de acuerdo sobre cómo salvarlos y rehuye sus evidentes responsabilidades.

Un buque con bandera española y otro con bandera alemana albergan en condiciones inhumanas a quienes estuvieron a punto de morir ahogados en ese cementerio mediterráneo que bordea la orilla meridional de la Unión Europea. Fueron salvados por los miembros de unas abnegadas tripulaciones capaces de ver en ellos seres humanos: no inmigrantes ilegales, ni el negocio de mafias internacionales, ni competidores por los puestos de trabajo de los europeos. Simplemente, personas necesitadas de ayuda. Cada día que transcurre sin que desembarquen es un día más de vergüenza para todos nosotros.

El sarcasmo de un indigno político italiano que bromeó sobre la suerte de los que había estado a punto de morir ahogados, incitándoles a desembarcar en Ibiza para divertirse y gozar de sus placeres y playas, debería haber indignado a todos los europeos, sobre todo a los que tanto alardean de ser cristianos, como el político en cuestión.

Europa se encenaga poco a poco en charcos de odio y recelo por lo foráneo, instigada por el renacer de un extremismo de ultraderecha que es ahora el mayor peligro que afrontan los gobernantes europeos que intentan resistirlo. (No todos: algunos lo aceptan con júbilo). Renace también el egoísmo nacional, “primero los españoles”, al estilo del llamado “Hogar Social”, que copia la ideología de Trump: America first!

La visión en nuestros televisores de los buques antes citados hace confiar todavía en el género humano, representado por sus generosos tripulantes, a la vez que induce a desconfiar de la actual política europea, carente de visión a largo plazo y arrastrada por los egoísmos de las viejas banderas nacionales. Habiendo leído, en palabras del presidente del Gobierno español, que “haber salvado la vida de 630 personas hace que valga la pena dedicarse a la política”, cuando aludía a la humanitaria acogida del buqueAquarius en el puerto de Valencia el año pasado en circunstancias similares a las que hoy aquejan al Open Arms y al Ocean Viking, lo que hoy está pasando ante nuestros ojos resulta incomprensible.

La pérdida de sensibilidad humana en la Unión Europea, que se percibe en el deterioro de su capacidad de acogida, es un negro augurio que debería preocuparnos seriamente.