Fronteras y teléfonos móviles

Una investigación llevada a cabo por varios relevantes diarios y publicada recientemente en The Guardian Weekly, ha revelado que cruzar algunas fronteras internacionales puede llevar a insólitas experiencias.

Pasar de Kirguistán a China, explorando aledaños de la famosa ruta de la seda, es algo que hoy día apenas debería sorprender al lector. La diáspora viajera internacional se ha multiplicado aceleradamente en los últimos años y pueblos y ciudades de fabulosos nombres han pasado a ser algo familiar para todos. Un nieto del que esto escribe está dedicando unos meses a recorrer en bicicleta los vastos espacios euroasiáticos que desde Bruselas le han llevado a Vietnam, donde estos días estará a punto de empaquetar su vehículo y emprender regreso aéreo a casa. El mundo, que tanto se empequeñece al recorrerlo en avión, para el viajero pedaleante se hace, por el contrario, próximo y entrañable.

Pero, en todo caso, los viajes en cualquier medio de transporte tienen que atravesar las inevitables fronteras y aceptar los requisitos burocráticos necesarios para hacerlo con la menor molestia posible. Visados, pasaportes y controles de equipaje son trámites habituales para los viajeros, que éstos conocen bien.

Sin embargo, lo que hasta ahora parecía un accesorio que poco tenía que ver con las fronteras, como es el teléfono móvil, es la insólita peculiaridad que ha surgido de la investigación citada.

Al entrar en China desde Kirguistán, abandonando este país por Irkestam y presentándose en el puesto fronterizo chino, la policía requisa temporalmente al visitante su teléfono móvil. Esto se debe a que está pisando suelo de Sinkiang, la región china de religión islámica y etnia uigur, cuyas tendencias independentistas preocupan a Pekín. Hasta el punto de que en Sinkiang se han instalado cámaras de reconocimiento facial en calles y mezquitas y se exige a la población instalar ciertas aplicaciones en sus móviles para controlar sus actividades.

Mientras el viajero espera completar los trámites de entrada, su teléfono es llevado a un local aparte y minuciosamente examinado, tras haber sido desbloqueado por su dueño. Los iPhones se conectan a un aparato lector que escruta su contenido y en los Android se instala una aplicación con el mismo fin.

Se buscan expresiones y términos relacionado con el extremismo islámico, nombres de publicaciones peligrosas o manuales de uso de armas. También se detectan otras circunstancias, como haber ayunado durante el Ramadán, leer publicaciones del Dalai Lama o escuchar determinados grupos musicales. Los cerca de 100 millones de viajeros que visitan anualmente Sinkiang son sometidos a estos registros antes de poder continuar su recorrido.

No se informa sobre lo que se hace con el móvil de cada viajero. Una agencia de viajes en Kirguistán informaba a sus clientes de que en China se les instalaría una aplicación de localización GPS, cosa que algunos confirmaron después. Un investigador de Human Rights Watch en China declaró: “Sabíamos que la población de Sinkiang, sobre todo los musulmanes de raíz turcomana, es vigilada continua y exhaustivamente. Pero lo que ahora se ha conocido es que hasta los extranjeros sufren una vigilancia masiva e ilegal”.

Desde el grupo Privacy International se considera que el resultado de esta investigación es “muy alarmante en un país donde instalar [en el móvil] la aplicación incorrecta o leer un artículo de prensa indebido puede acabar encerrando a una persona en un campo de detención”.

A las infinitas posibilidades que el uso de la telefonía móvil añade a la vida cotidiana, ésta es una nueva que, por el momento, solo puede preocupar a los curiosos viajeros que visiten la exótica tierra de Sinkiang. ¡Buen viaje!