Trump, el caudillo

Los epítetos vertidos por Trump en unos inefables tuits contra cuatro miembros femeninos de la Cámara de Representantes, que tienen en común el hecho de no ser de pura estirpe wasp (esto es: blancas, anglosajonas y protestantes), parecen haber hecho saltar las alarmas en EE.UU., por muy acostumbrados que sus ciudadanos estén ya a las habituales salidas de tono de su errático Presidente.

De ascendencia portorriqueña, somalí, palestina y africana respectivamente, incluso nacidas en EE.UU. y habiendo alcanzado democráticamente un puesto en el Congreso en pie de igualdad con el resto de miembros elegidos por el pueblo para desempeñar tan importante función, el locuaz, desvergonzado e “inepto” (según el exembajador británico en Washington) Presidente las ha ofendido, tratándolas despectivamente en público, sin apenas ocultar sus resabios racistas.

No cita explícitamente a los países en cuestión, pero tacha a sus Gobiernos de corruptos e ineptos y les recuerda a las cuatro representantes que están en “la nación más grande y poderosa de la Tierra” a la que, desde su función como congresistas, le irrita que pretendan dar normas sobre cómo gobernarse. Por si hubiera dudas, y en un rasgo de brillante y agudo ingenio les dijo “que si no desean seguir viviendo en nuestro país, deberían abandonarlo”. Absurda sugerencia, puesto que luchar para obtener un escaño en el Congreso no parece indicar que la persona que lo hace desee emigrar.

El racismo como tema de discusión ha incendiado los círculos políticos de Washington. “Soy la persona menos racista que usted habrá encontrado”, ha dicho a menudo Trump. En USA Today, Paul Brandus, corresponsal en la Casa Blanca, afirma lo contrario: “es el más racista que he conocido”. Y esto viene ya de antiguo, pues en 1973, el Departamento de Justicia de Richard Nixon procesó a Trump y a su padre por prohibir la entrada de familias negras como inquilinos en los inmuebles que poseían.

Escarbando en el pasado se descubre que, entrevistado por Playboy, Trump afirmó que “la pereza es inherente a los negros; lo es, créamelo. Es algo que no pueden controlar”. En numerosas ocasiones ha tratado a los mexicanos de “violadores” pero a los extremistas neonazis que ondearon esvásticas en los disturbios de Charlottesville en 2017 los calificó de gente maja (very fine people).

Para Brandus, el que de verdad odia a EE.UU. parece ser el propio Trump. Se queja de algunas enmiendas a la Constitución que no coinciden con su idea de lo que tendría que ser el país y le impiden a veces hacer lo que le gustaría. El equilibrado sistema político de cheks and balances (frenos y equilibrios), que ya en 1840 alababa Alexis de Tocqueville en “La democracia en América”, es para Trump una pesada molestia de la que muy a gusto se desharía para gobernar autocráticamente.

De la deriva antidemocrática de Trump son también muestras su inocultable antipatía y hostilidad hacia unos medios de comunicación independientes y su desconfianza del sistema judicial. Desconfianza que se extiende, a menudo con expresiones insultantes -como es el caso que aquí se comenta-, hacia las personas que no le adoran lo suficiente; quizá porque no ven en él el “caudillo” que les lleva a la cima del poder mundial como “nación elegida por Dios” para cumplir su “destino manifiesto”.

Sume el lector los tres entrecomillados anteriores y recuerde (si ha vivido lo suficiente) sentencias similares que resonaron en España, como “por el Imperio hacia Dios”, “la nación poderosa que jamás dejó de vencer”, para advertir los inquietantes síntomas que aquejan a la nación americana y el camino que parece estar tomando, dirigida por el magnate inmobiliario que hace gala de despreciar lo que ignora y al que nada parece arredrar en el camino emprendido.