El Pentágono ante la emergencia climática

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La preocupación por la emergencia climática que poco a poco va apoderándose del planeta no parece conducir a soluciones eficaces, aunque son muchos los organismos internacionales que vienen alertando sobre la gravedad y urgencia del problema y proponiendo soluciones que no acaban de cuajar.

Pero, como informa el “ambientalista” estadounidense William McKibben en The New York Review (27 junio 2019), está cuajando en ese país la paradoja de que precisamente podría ser el Pentágono (responsable, por otro lado, de una parte no despreciable de la emisión de gases nocivos) un órgano eficaz para que la alarma surtiera efecto.

Aunque no lo diga McKibben, muchos ciudadanos de ese país, que desconfían de la ciencia y los científicos, como es el estilo del propio Trump que tan bien sintoniza con ellos, prestan, por el contrario, gran atención a lo que se dice desde el Pentágono. Tenga el lector en cuenta que el gasto militar de EE.UU. en 2018 fue superior a la suma de los siete países que le siguen en la lista, entre los que se encuentran China, Rusia, Arabia Saudí -el mejor cliente de la industria bélica de EE.UU.- e India y tres aliados: Reino Unido, Alemania y Francia.

En la mentalidad del estadounidense básico, el éxito y el dinero lo son todo y, por eso, un Pentágono poderoso, capaz de seguir haciendo aparecer a EE.UU. como el país más fuerte del mundo, adquiere un prestigio de casi infalibilidad, a pesar de sus estruendosos fracasos militares, de los que, por otro lado, ese mismo estadounidense apenas conoce. Los informes que el Departamento de Defensa remite a la Casa Blanca sobre cualquier cuestión, alcanzan así gran credibilidad pública.

Ya en 1990 el Senado escuchó a la Fuerza Naval informar de que “las operaciones navales en el próximo medio siglo se verán muy afectadas por el impacto del cambio climático”. En 2013, el entonces Comandante naval del Pacífico declaró a la prensa que “el cambio climático es lo más probable que se nos viene encima… deteriorará la organización de la Defensa más que muchas otras hipótesis de las que hablamos a menudo”.

En un futuro no muy lejano, añadió, “habrá naciones que se verán desplazadas por la subida del nivel del mar”. Una estimación de la ONU cifra entre 200 y 1000 millones de personas las que a finales de siglo se verán afectadas por este fenómeno. Si se compara con los problemas recientemente causados por un millón de sirios que tuvieron que abandonar su país como consecuencia de la guerra, es fácil imaginar la gravedad de esa catástrofe.

En el pasado mes de enero el Departamento de Defensa informó de que “los efectos del cambio climático son una cuestión de seguridad nacional con posible repercusión en las misiones, planes de operaciones e instalaciones dependientes del Pentágono”.

McKibben concluye su alegato recordando que la adopción de energías renovables, no solo por el Pentágono para sus actividades sino para todo el mundo, haría a EE.UU. menos dependiente del petróleo de Oriente Medio, eliminando así un pretexto para nuevas guerras; reduciría su gasto militar y, en consecuencia el de otros países que se esfuerzan por emularle. Sobre todo, concluye, “nos libraría de pasar tantas noches angustiados por el temor a la próxima guerra o a la siguiente ola de calor”. Comentario que también resuena bien en esta Iberia ahora abrasada por las máximas temperaturas nunca antes alcanzadas.