Rusia vuelve a Europa

No es difícil imaginar las reacciones de algunos lectores ante el título de este comentario. Casi todas cabrían entre estos dos extremos: “Rusia siempre ha sido Europa” o “Rusia nunca ha sido europea”. (Eso, sin tener en cuenta, además, que cuarenta años de machaqueo de las mentes españolas con el axioma de la maldad intrínseca de todo lo ruso, han dejado huella y han distorsionado la percepción de ese enorme país).

Dejando aparte la cuestión de dónde está el límite oriental de lo que geográficamente se llama Europa (¿los montes Urales?) y de que Rusia es asiática a la vez que europea, el asunto que aquí se comenta tiene menos repercusión geográfica que política.

En efecto: el pasado lunes 24 de junio, la Asamblea Parlamentaria del llamado Consejo de Europa decidió, tras más de nueve horas de debate, la reintegración de Rusia a su seno. Conviene recordar que la delegación rusa fue expulsada en 2014, tras la anexión de Crimea y el apoyo ruso a la guerra civil en Ucrania. Los miembros de la Asamblea, parlamentarios de 47 Estados europeos, adoptaron esa decisión por 118 votos a favor, 62 en contra y 10 abstenciones.

El Consejo de Europa no es un órgano de la Unión Europea, a la que antecede en varios años. Fue fundado en 1949, en aras de la pacificación intraeuropea tras la 2ª G.M. España tuvo que esperar a 1977 para ser admitida, dado que una dictadura era incompatible con su finalidad básica de “promover la defensa, protección y promoción de los derechos humanos (civiles y políticos), la democracia y el Estado de Derecho”.

Rusia ingresó en 1996 y hoy solo hay tres Estados en Europa que no forman parte de él por la anomalía de sus regímenes políticos: la Ciudad del Vaticano, Kazajistán (parcialmente europeo) y Bielorrusia.

La decisión de la Asamblea ha provocado dos tipos de reacción: para unos ha sido una vergonzosa ignominia; para otros, un importante paso para rebajar tensiones en un mundo donde Trump, desatado e impredecible, hace todo lo posible por sostenerlas y agravarlas.

Mientras la delegación ucraniana la ha tachado de “festival de hipocresía”, aludiendo al poco respeto que suele mostrar Moscú por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (órgano esencial del Consejo), el vicepresidente de la Duma rusa declaraba el pasado lunes: “Cuando se reanuda el diálogo, nadie pierde”.

Francia, por turno, presidía la sesión en la que se tomó la citada decisión, y la diplomática francesa Amélie de Montchalin puntualizó: “Aquí no hablamos de geopolítica, y los valores que defendemos son los derechos del hombre. No se trata de un debate a favor o en contra de Rusia”.

En Estrasburgo, sede del Consejo, se ha vuelto a debatir un viejo problema político: ¿Qué es mejor para reducir tensiones y solucionar los contenciosos entre grupos humanos? Algunos prefieren la violencia, a estilo Hitler para resolver la “cuestión de Dánzig”, a costa de crear el caos universal. Otros se limitan a exigir el estricto cumplimiento de leyes (civiles o religiosas), acuerdos o tratados, ignorando que unas y otros son siempre contingentes y modificables.

“Cuando se reanuda el diálogo, nadie pierde” es la consigna que debería estar en el origen de todos los esfuerzos para aliviar tensiones y deshacer los conflictos que inevitablemente aquejan de cuando en cuando a los pueblos. Ignorarla es, como nos enseña la Historia, invocar violencia, guerras, cárceles, torturas, miseria y sangre sin fin.