Colonialismo siglo XXI

En nuestro casi recién estrenado siglo XXI, hay también pueblos que estos mismos días se rebelan contra un nuevo colonialismo que les perjudica seriamente.

Este nuevo colonialismo no necesita recurrir a las armas de fuego, como aquellos dos históricos cañones que en el siglo XVI permitieron a Pizarro destruir el imperio inca y apoderarse de Perú. Tampoco tiene que servirse de las cañoneras navales, como las que en la primera mitad del siglo XIX forzaron la apertura de los puertos chinos para obligar al Gran Imperio del Este a aceptar el opio que Britannia introducía en el país para compensar su balanza comercial, dañada por la importación del famoso té chino. Ni utiliza las tácticas de aquellos “chaquetas rojas” de su majestad británica, que en 1879 atacaron en África a los zulúes sublevados contra el Imperio, estrenando sobre sus cuerpos desnudos las primeras ametralladoras fabricadas en EE.UU.

En el nuevo colonialismo también ha participado España, aunque poco sepamos sobre ello. Aclarémoslo: el Gobierno de Malasia ordenó el pasado mes devolver a España cinco contenedores descubiertos en uno de sus puertos, cargados con desperdicios ilegales. La ministra de Medio Ambiente declaró al respecto: “¡Basta ya! Malasia no será el vertedero del mundo. Devolveremos la basura a sus países de origen”.

El “colonialismo siglo XXI” ha venido utilizando como armas los innumerables contenedores que transportan al mundo subdesarrollado las basuras que el primer mundo no sabe o no quiere molestarse en destruir.

El problema se agravó hace un año, cuando China prohibió la importación de residuos de plástico para reciclar, a causa del impacto que producen en el medio ambiente. En 2016 China había tratado la mitad de los desechos mundiales de plástico, papel y metales, y decidió suspender tan nefasta actividad.

En vista de eso, las corporaciones privadas que en muchos países desarrollados se dedican al tratamiento de residuos tuvieron que buscar otros países sin restricciones legales para recibirlos y destruirlos. Desde Filipinas hasta Vietnam, los residuos procedentes de Europa, Australia y EE.UU. son acumulados en vertederos y luego incinerados, desprendiendo humos y sustancias contaminantes que deterioran las aguas potables, dañan las cosechas y causan enfermedades respiratorias. Solo el 9% del plástico mundial es reciclado; el resto acaba esparcido sobre el sureste asiático.

Hace pocas semanas, el presidente filipino amenazó con romper relaciones con Canadá si este país no accedía a recibir de vuelta 69 contenedores cargados de basuras; “Filipinas es una nación independiente y soberana que no debe ser considerada el basurero de un país extranjero”, declaró un portavoz.

Un activista de la campaña GAIA Asia Pacific manifestó que los países occidentales solo “a regañadientes” aceptan la devolución de sus basuras: “Son suyas y deben ser responsables de ellas. Para nosotros es una injusticia ambiental que los países pobres reciban los desperdicios de los ricos, porque estos no quieran tratarlos. Por eso es de esperar que cuando se los devuelvan se sentirán forzados a tomar medidas en su propio territorio”.

Este nuevo colonialismo no solo perjudica a los países pobres sino al planeta en general, ya bastante en peligro ante la innegable emergencia climática que empezamos a vivir y el peligro de una demografía incontrolable frente a unos recursos que no crecen al mismo ritmo.