Esa África desconocida

Mansa Musa fue entronizado como rey de Mali en 1312. Algunos historiadores le reconocen como el personaje más rico que jamás ha existido. Aunque en su época causó una fuerte impresión como poderoso rey de un imperio africano, su figura apenas es conocida hoy. El paso de las botas militares de los imperios coloniales sobre las tierras africanas aplastó toda una historia del continente que difícilmente emerge a la luz.

En su peregrinación a La Meca, Musa hizo escala en El Cairo, con tanta ostentación de riqueza y poder que ha quedado en los anales históricos de la zona. Aparte de un gran número de esclavos y soldados que formaban la comitiva, fuentes contemporáneas estimaron que llevó con él unas quince toneladas de oro puro, donado a las mezquitas y como obsequio para los gobernantes de los países que recorrió.

Fue tal la ostentación de riqueza que el valor del oro en la región se depreció durante varios años. Su derroche le obligó a solicitar un préstamo para el viaje de regreso.

En una página del llamado Atlas Catalán (obra de 1375, atribuida al cartógrafo mallorquín Abraham Cresques) aquí reproducida, aparece Musa sentado en un trono de oro, con una corona del mismo metal y, al estilo de las monarquías europeas, sosteniendo en sus manos un cetro y una esfera de oro, mientras recibe a un berebere montado en un camello. Es una muestra de cómo el Sahara, como los océanos, no era una barrera infranqueable sino un espacio transitable, de intercambios comerciales y culturales entre el norte africano, árabe y blanco, y el sur, negro.

Hacemos avanzar el calendario y a finales del siglo XV, en el África central, el reino de Kongo se hizo cristiano bajo el influjo portugués. Mantuvo un embajador en la corte papal, pero el comercio de esclavos fomentado por Portugal hizo que el rey africano Afonso I escribiera así a su homólogo en la corte de Lisboa: “Muchos de nuestro pueblo, por la avidez que sienten por las mercancías y objetos que sus súbditos traen aquí […] secuestran a muchos de nuestros ciudadanos libres y protegidos. Y ha ocurrido muchas veces que han capturado a nobles e hijos de nobles, a nuestros mismos parientes, y los han llevado para venderlos a los hombres blancos de nuestro reino. […] Y en cuanto caen en poder de los hombres blancos, los marcan a fuego y los encadenan”.

Ante el mal resultado que a los gobernantes de Kongo les producía la relación con Portugal, el rey Pedro II de Kongo buscó en 1623 el apoyo de Holanda, enemiga entonces de los reinos unificados de España y Portugal, y le pidió soldados y buques de guerra.

En último término, el reino de Kongo se hundió debido a la sangría demográfica causada por el mercado de esclavos, tras ser ocupado por Portugal, y a la descomposición de la economía local por la irrupción de las nuevas monedas impuestas por los colonizadores. El historiador Toby Green explica que las sociedades africanas exportaban “moneda fuerte”, sobre todo oro, cuyo valor es duradero. A cambio, recibían conchas marinas, cobre, paños o hierro, cuyo valor decrecía al paso del tiempo.

El daño que el colonialismo ha hecho a la imagen que hoy se tiene del África precolonial es difícil de reparar. Desde las historietas infantiles que dibujan unos negros en taparrabos bailando en torno a una gran olla en la que se cuece un explorador blanco (sin que exista evidencia histórica alguna que haya demostrado el canibalismo africano) hasta Trump, que recientemente llamó “agujeros de mierda” (shithole countries) a varios países africanos, el pensamiento occidental ha ignorado una realidad histórica: que en el África subsahariana siempre ha habido civilizaciones de distinto nivel (como en Europa, Asia o América) y que los pueblos del continente han estado siempre vinculados a lo que ocurría en el resto del mundo.