Los europeos olvidados

Alberto Alemanno es un académico italiano, nacido en Turín. Reside en Bilbao y trabaja en París. Podría decirse que es un ejemplo de “europeidad”, de esa Europa sin fronteras ni barreras de ningún tipo a la que aspiramos tantos ciudadanos de la UE.

No está solo. Cerca de 17 millones de personas como él viven del mismo modo y representan el 4% de la población laboral de la Unión. Su número se ha duplicado en el último decenio.

Esta “europeización” de nuestra sociedad se ha visto acelerada por la precariedad de los empleos y la crisis financiera. A esa cifra hay que sumar unos dos millones de europeos que cruzan diariamente una frontera estatal para ir a trabajar a otro país y otros muchos que lo hacen estacionalmente en labores poco retribuidas.

Si estos cerca de 20 millones de ciudadanos constituyeran un Estado miembro de la UE, éste tendría más población que los Países Bajos y solo un poco menos que Rumanía, por lo que le corresponderían 26 escaños del Parlamento Europeo.

Sin embargo, como escribe Alemanno en The Guardian Weekly, “no somos un país y carecemos de verdaderos representantes políticos”. Están en un limbo político porque “la dispersión geográfica nos dificulta ser tenidos en cuenta”.

En esta compleja Europa un conductor rumano de Uber puede trabajar en Bélgica con un permiso de conducción español y un médico griego, doctorado en una facultad italiana, quizá ejerza su profesión en Alemania. A muchos de ellos no les es fácil registrarse en el país de residencia cuando su trabajo implica alta movilidad.

Aunque son una comunidad que contribuye en gran medida a la prosperidad económica y social del país donde residen y también en el de procedencia, están privados del derecho a la representación política, salvo en los comicios locales del país de residencia. Solo un 8% de este amplio grupo de ciudadanos llegan a registrarse para poder votar en las elecciones al Parlamento Europeo y son muy pocos los que regresan temporalmente al país de origen para hacerlo. Es una paradoja que los ciudadanos cuyas vidas son “más europeas” que lo habitual sean los que menos representación política tienen.

Alemanno explica su propio caso: “Las autoridades nacionales son a menudo negligentes para informarnos de nuestros derechos y garantizar que podamos ejercerlos”. Él no puede votar en Turín, de donde procede, ni en Bilbao, donde vive, ni en París, donde trabaja.

Además, dice, por mucho que se hable de elecciones pan-europeas, las discusiones en el Parlamento Europeo son un conjunto de confrontaciones entre partidos nacionales sobre asuntos nacionales: “¿Cómo puede representarnos un candidato local que nunca ha experimentado nuestra movilidad laboral?”.

Ante la convocatoria electoral del próximo domingo, y aunque en la campaña previa nuestros partidos políticos parecen estar mucho más volcados hacia lo nacional (elecciones autonómicas y municipales) que lo europeo, parece llegado el momento en que los que de verdad están construyendo Europa desde abajo (ingenieros, universitarios, recolectores de cosechas, conductores de autobús, médicos o enfermeras, profesores de idiomas etc.), con su esfuerzo y el de sus familias, sean tenidos en cuenta y puedan contribuir al futuro de Europa del mismo modo que los demás ciudadanos de la Unión.