Un megaproceso electoral: India

Los mecanismos electorales han pasado hoy a formar parte de las conversaciones ordinarias en cualquier barra de bar. El insólito final de la confrontación electoral en España, con un doble debate televisado en dos días sucesivos entre los dirigentes de solo cuatro partidos de los varios que se enfrentarán en las urnas el próximo domingo, ha alimentado innumerables tertulias, artículos de opinión y entrevistas sin fin, desarrollados en todos los tonos posibles.

Aunque, naturalmente, la prioridad ha correspondido a las elecciones generales españolas, algún hueco se ha abierto también en nuestros medios de comunicación para el insólito proceso electoral de Ucrania; no solo por la anómala figura del vencedor (tan anómala e imprevisible como en su tiempo lo fueron Trump y Bolsonaro) sino también por el inusual debate final entre los dos candidatos aspirantes al poder, que tuvo lugar en el estadio olímpico de Kiev ante miles de espectadores y en un exaltado ambiente, mezcla de concierto popular y mitin partidista.

Todo lo anterior nos ha llevado a no prestar demasiada atención al hecho de que, simultáneamente con nuestras elecciones generales, se está desarrollando estos días lo que el semanario británico The Guardian Weekly ha denominado “el más vasto ejercicio de democracia en la historia de la humanidad”.

Si nuestra jornada de votación quedará resuelta durante las horas en que las urnas permanezcan abiertas el domingo 28 de abril, las elecciones generales de la India, que comenzaron el 11 de abril, durarán seis semanas. El recuento se completará el 23 de mayo y ese mismo día se conocerán los resultados.

El asunto no es baladí. Más de una octava parte de la humanidad va a votar en India estos días. Unos 900 millones de votantes, que hablan 22 lenguas oficiales y un sinnúmero de dialectos locales, ejercerán su derecho democrático. Varias decenas de millones de ellos son analfabetos. Además, en estas elecciones, se incorporan al electorado indio unos 84 millones de jóvenes que votan por primera vez, casi el doble de la población total de España.

La ley electoral de la India requiere que ningún ciudadano se vea obligado a desplazarse más de dos kilómetros hasta la mesa electoral. Esto obliga a utilizar unas máquinas portátiles de votación electrónica para poder cubrir el séptimo país más extenso del mundo. Cada ciudadano que vote verá teñida de color la uña y la cutícula del índice de su mano izquierda, con una tinta especial que permanecerá indeleble hasta que crezca la nueva uña. Es el modo de evitar la doble votación. Un hombre que, por confusión, votó a un partido que no deseaba (quería votar por “el elefante” y lo hizo por “la flor”), se cortó el dedo entintado.

Partidos de muy diversa naturaleza se enfrentan, identificados por figuras significativas para que todos puedan reconocerlos. Para los medios de comunicación hay otro dato de interés: no hay encuestas previas. Un profesor indio de la universidad de Berkeley afirma: “No tenemos teorías sobre el voto. No sabemos por qué los indios votan como lo hacen. ¡Ojalá lo supiéramos!”. El televidente indio se ahorrará, por tanto, las infinitas e inútiles tertulias que en otros países intentan predecir los resultados. Para compensar, en India no es extraño recurrir a la astrología y a los videntes para satisfacer la innata curiosidad previa a toda cita electoral.

Pero, tanto en India como en España, los verdaderos problemas, que solo pueden resolverse con inteligencia y diálogo, rehuyendo el insulto y la confrontación, comienzan justo cuando concluye el proceso electoral y hay que formar Gobierno. Es cuando Brahma, Shiva y Visnú, y todos los dioses imaginables, tienen que echar una mano a los políticos para que predomine la razón y el buen sentido.