Las lágrimas de Europa

El título de este comentario no alude al dolor que en amplios sectores de la sociedad europea ha causado el incendio de Notre Dame de París, el bello templo que se alza en el corazón de la isla de La Cité, que es tanto como decir el corazón de París o el corazón de Europa.

Las lágrimas a las que me refiero son las que se han vertido por escrito el pasado domingo, en un documento firmado por treinta y siete políticos europeos, exministros de Asuntos Exteriores de varios países y otros altos cargos responsables de la política internacional en nuestro continente. Documento que ha sido difundido en varios medios de comunicación europeos el pasado lunes. (Utilizo aquí la traducción publicada por El País.)

No son lágrimas de tristeza o de pena, ni expresan sentimientos de dolor o angustia, como podrían serlo las derramadas por el grave deterioro de un valioso bien común como la citada catedral. Son otro tipo de lágrimas. Son las lágrimas de la impotencia, de la insuficiencia, más amargas e hirientes que las que vierte el dolor.

Es la impotencia que se revela cuando el citado documento expone lo que Europa debería hacer para frenar la anticipada catástrofe palestina que se vislumbra tras el nuevo mandato alcanzado en las urnas por Netanyahu, combinado con la estrecha visión de Trump, que le apoya ciegamente.

Los políticos europeos recuerdan que “una paz viable requiere la creación de un Estado palestino junto a Israel” dentro de las fronteras anteriores a la guerra de 1967, “con Jerusalén como capital de los dos Estados”; añaden que Europa “debe rechazar cualquier plan que no cumpla con ese patrón”.

De no ser así, los firmantes opinan que la causa de la paz se vería fatalmente perjudicada si el plan de paz que anuncia Trump fuerza a Palestina a convertirse “en una entidad desprovista de soberanía, de contigüidad territorial y de viabilidad económica”. En resumen: un no-Estado.

El problema queda así claramente planteado, y con lo que parecería ser una firme decisión se declara, al principio del texto, que ha llegado “el momento de que Europa mantenga nuestros principales parámetros para la paz entre Israel y Palestina”.

La perplejidad empieza ahí. ¿Qué va a hacer Europa para mantener esos “parámetros”? ¿Se anuncia algún plan concreto de acción? Veamos. Algunas líneas después se cita a la ONU y a las resoluciones del Consejo de Seguridad, sin olvidar una alusión a la “ilegalidad” de los asentamientos judíos que trocean el territorio palestino.

Sin plan de acción alguno, sin embargo el panorama al que Europa se enfrenta queda bien expuesto: “Israel y los territorios palestinos ocupados se deslizan hacia una realidad de un solo Estado con derechos desiguales. Esto no puede seguir siendo así. Ni para los israelíes, ni para los palestinos, ni para nosotros en Europa”[cursivas de A.P.].

Y aumenta el desconcierto del lector. Nada se dice sobre qué se va a hacer o qué se puede hacer para materializar la voluntad política europea. Ningún programa verosímil se esboza en el texto comentado.

Por el contrario, desde el bando opuesto, The Washington Post ha dejado filtrar algunos aspectos del llamado “acuerdo del siglo”, que Trump propondrá para resolver la cuestión palestina: un solo Estado judío, Jerusalén es intocable y los asentamientos ilegales seguirán creciendo.

El documento concluye en tono funeral: si no se hace nada habrá “consecuencias negativas de largo alcance”. Ni siquiera se atreve a precisar cuáles podrían ser.

Llora, Europa, llora por nuestra impotencia común; llora por el moribundo proceso de paz que lograste alcanzar en Oslo en 1993. Y llora también, ya puestos a ello, por los cuarenta y un niños gazatíes muertos a tiros durante el primer año de las manifestaciones semanales en la franja de Gaza; y llora por el soldado israelí muerto durante el mismo periodo, en el que también cayeron unos 200 palestinos. La pasividad con la que desde Europa se contempla esta catástrofe es la que nos hace derramar las amargas lágrimas de la impotencia.