Las últimas páginas sobre terrorismo

Muchas toneladas de papel se han impreso tratando sobre el terrorismo. Pero las últimas -por el momento- páginas (digitales) las escribió el terrorista australiano de 28 años de edad que el pasado 15 de marzo atacó a los fieles de dos mezquitas en Nueva Zelanda causando medio centenar de víctimas.

En una especie de manifiesto de casi ochenta páginas, Brenton Tarrant citaba su relación con el terrorista noruego Anders Breivik, protagonista en 2011 de otra matanza masiva en su país, con cuya aprobación había contado.

La marea de ultraderecha neonazi, que empieza a extenderse por América y Europa, ha llegado ya a nuestros antípodas. Y allí, también a través de las redes sociales, segrega la repugnante baba del odio. Poco importa que el autor del manifiesto sea un fanático inculto e ignorante, porque el peligro real reside en que muchas de esas primitivas ideas son hoy compartidas por personajes de alto relieve internacional, como Trump o Bolsonaro.

Escribió que a duras penas había cursado los estudios básicos y que desdeñó la Universidad “porque no tenía gran interés en nada de lo que allí se estudia”. Se consideraba “un hombre blanco normal, de una familia corriente”, que decidió “tomar posición para garantizar un futuro para mi pueblo” amenazado por los “invasores extranjeros”.

Si el objetivo natural del terrorismo es inspirar terror mediante la muerte, en este caso es necesario advertir que la idea va más allá. Como comenta Jason Burke en The Guardian, la finalidad del ataque “no fue asesinar musulmanes sino grabar un vídeo de alguien asesinando musulmanes”.

Así fue. Durante más de un cuarto de hora la cámara que portaba el terrorista transmitió en directo el asesinato múltiple. El propio hecho de una difusión al alcance de cualquier persona multiplica el efecto de terror causado por la muerte.

La eficacia del terrorismo, según Burke, se debe a que lo sentimos como próximo, nuevo y personal. Lo vemos próximo cuando se produce en un ámbito similar al nuestro y lo observamos a través de las pantallas de nuestros aparatos. Nos parece nuevo porque, aunque todos producen los mismos efectos en la sociedad (horror, comentarios, debates…) cada uno es distinto al anterior. Y lo vemos como personal porque aunque las estadísticas nos muestran que es más probable morir de un simple accidente casero, nuestro instinto nos hace pensar que lo que hemos contemplado en Nueva Zelanda o en otro lugar nos puede pasar a nosotros.

El terrorismo neonazi ha acabado por aprender lo que ya habían aplicado con eficacia los terroristas islámicos desde que atacaron las torres gemelas de Nueva York: nadie en el mundo pudo ignorar aquel brutal atentado. Cuando Tarrant sube a su automóvil para desencadenar el terror, mira directamente a la cámara y dice: “Empecemos con esta fiesta” (Let’s get this party started).

Hay que decirlo claro: algunas posturas políticas en nuestro mundo occidental están fomentando un supremacismo blanco de ultraderecha cuyo resultado inevitable es lo que acabamos de ver. La xenofobia y el odio al musulmán que muestran algunos organismos públicos en varios Estados del mundo son la base sobre la que se nutre el terrorismo neonazi que estos días nos asusta. Lejos quedan las añejas llamadas revolucionarias a la “libertad, igualdad y fraternidad”. Algo habrá que hacer al respecto.