Los generales y las guerras

Aunque pudiera ser asunto de interés y candente actualidad, este comentario no se refiere a los generales españoles retirados que forman parte de las listas electorales ni a esas guerras, verbales pero ásperas, entre partidos políticos y también dentro de ellos, desencadenadas con motivo de las elecciones generales del próximo 28 de abril. Las urnas expresarán la voluntad de los ciudadanos y darán por concluidas esas guerras una vez resuelta la pugna electoral.

Pero no existen las urnas que pudieran dar por concluidas algunas de las guerras que EE.UU. ha ido extendiendo por diversos países y sobre las cuales han expresado recientemente sus opiniones los generales que las han conducido.

La lucha en Afganistán va a entrar en su decimoctavo año, lo que la convierte en la guerra más larga que jamás haya librado EE.UU. en toda su historia. El general David Petraeus, ahora retirado, combatió en Irak donde ganó fama a pesar de no haber conseguido éxitos estimables. Aun sabedor del caos que EE.UU. ha sembrado en ese país, cree posible sostener una guerra interminable contra el terrorismo: “Opino que la lucha contra los extremistas islámicos no es una guerra cuyo fin lleguemos a ver durante nuestra vida. Creo que es una lucha generacional, que exige un compromiso sostenido. Pero solo puede continuar si es asumible en dispendio de sangre y dinero”.

Un inciso: esto nos llevaría a recordar cómo algunos soldados a las órdenes del mítico general Patton, durante la 2ª G.M., ironizaban sobre su apodo (old blood and guts: “el viejo sangre y agallas”), aclarándolo así: “‘nuestra’ sangre y ‘sus’ agallas”.

Sangre y dinero, según Petraeus: una fórmula aberrante, que humillaría a cualquier estratega aficionado que, siguiendo los consejos de Sun Tzu, buscara obtener el máximo beneficio con el mínimo sacrificio.

De nuevo Petraeus: “Hay que hacer algo contra el islamismo porque, si no, va a sembrar violencia, extremismo, inestabilidad y un tsunami de refugiados, no solo en los países vecinos sino en nuestros aliados europeos, socavando su situación política interna”.

El general parece ignorar que ese fue precisamente el resultado de las invasiones de Afganistán e Irak, sin olvidar lo que después ha ocurrido en Siria o Somalia.

Oigamos a otro general, el actual jefe de EM del Ejército, Mark Milley, previsible futuro jefe supremo de las FAS, que recuerda cómo “los progresos tecnológicos y las armas accionadas a distancia no pueden alcanzar el éxito por sí solos. La promesa de que las guerras sean cortas es a menudo un espejismo. Hay que equilibrar los objetivos, los modos y los medios para alcanzarlos. Hay que recordar que en las guerras las decisiones se toman sobre el terreno, entre barro y suciedad, y que hay factores permanentes, como la acción humana, la suerte y la voluntad del enemigo, que son los que determinan el resultado de las guerras”. Tampoco este general brilla por sus ideas, elementales simplezas que poco añaden al llamado arte de la guerra.

Una conclusión inicial de todo lo anterior sería sumamente desalentadora: no existe otra perspectiva imaginable sino una guerra sin fin que podrá beneficiar, sin duda, a los que fabrican armas en permanente renovación, pero a costa de una humanidad que seguirá soportando las consecuencias de las guerras, muriendo, emigrando y sufriendo.

Eso parece desprenderse de lo que nos anuncian unos destacados generales, a cuyo servicio está la más poderosa máquina de guerra que jamás haya existido. Hasta que el previsible caos universal, fruto del cambio climático, ponga fin a todo ello, ¿dónde nacerán las ideas que puedan cambiar tan ominoso destino?