El éxito de la tecnología represiva israelí

Según escribe el investigador y periodista australiano Antony Loewenstein en The New York Review of Books (4/1/ 2019), durante los años en que Netanyahu ha gobernado Israel, este país se ha convertido “en una potencia tecnológica que orgullosamente promociona sus herramientas de ocupación [de los territorios palestinos] en los mercados doméstico y global”.

Netanyahu declaró hace poco que “el poder es lo más importante en política exterior. Hablar de ‘ocupación’ es una sandez. Hay países que han conquistado y expulsado pueblos enteros y nadie ha dicho nada. La fuerza es la clave y marca la diferencia en nuestra política respecto al mundo árabe”. Y concluyó afirmando que cualquier arreglo de paz con los palestinos solo saldrá adelante con “intereses comunes basados en el poder tecnológico”.

En la represión contra el pueblo de Gaza, por ejemplo, ese poder tecnológico se ha mostrado ya en dos aspectos. Por un lado, en la llamada “valla inteligente”, construida por una empresa que también puja para participar en el muro de Trump frente a México. Se la anuncia como “probada en la lucha real para evitar la infiltración de palestinos”.

Otro nuevo artefacto también utilizado en Gaza es el “Mar de lágrimas”, un dron capaz de lanzar granadas lacrimógenas sobre los manifestantes. Su fabricante ha recibido muchos pedidos y está siendo probado por la agencia “Frontex”, que controla la entrada en Europa de inmigrantes y refugiados.

Según el famoso denunciante Edward Snowden, fueron dispositivos diseñados por una empresa israelí los que permitieron seguir el recorrido del periodista saudí supuestamente descuartizado en el consulado de su país en Estambul, introduciendo un programa conocido por Pegasus en el teléfono de uno de sus contactos, otro exiliado saudí residente en Canadá.

También otra empresa israelí, estrechamente vinculada al Gobierno (antiguos jefes del Mossad son sus consejeros), espió a las mujeres que acusaron de agresiones sexuales al magnate cinematográfico Weinstein. Actividades de análogo cariz desarrolló la misma empresa para apoyar al autoritario Gobierno húngaro y para desacreditar a miembros del Gobierno de Obama en relación con el tratado nuclear con Irán.

Aunque son muchos los Estados que desaprueban la ocupación israelí de Palestina, no vacilan en recurrir a los sistemas de vigilancia y espionaje de compañías israelíes. Según The News York Times, el Gobierno mexicano lo hizo para controlar a los colegas de un periodista de investigación que fue asesinado, así como a abogados defensores de los derechos humanos o activistas contra la corrupción.

Un informe de la agencia británica Privacy International, dedicada a estudiar los quebrantamientos de la privacidad en Gobiernos y empresas, publicado en 2016, registró la existencia de 528 compañías especializadas en seguridad, inteligencia y espionaje; de ellas 26 eran israelíes, lo que pone a este país en cabeza de la clasificación mundial en relación con el número de habitantes.

La publicidad se basa en que muchos regímenes autoritarios en el mundo desearían copiar el modo como Israel controla a la población palestina: armas, instrumentos de represión y artefactos de espionaje. La ocupación de Palestina ha hecho prosperar a las empresas implicadas en ella. En 2017 solo EE.UU. superó a Israel, que dedicó cerca de 1.000 millones de dólares a las firmas de ciberseguridad y que es el segundo país en firmar contratos internacionales en este campo.

Solo una sensación de repugnancia por la opresión del pueblo palestino (no muy distinta de la que en su tiempo sufrió el extinto régimen del apartheid sudafricano) tiene visos de frenar el éxito internacional de los dispositivos tecnológicos de represión fabricados en Israel. Un experto en el comercio de armas de este país cree que la ocupación es más obstáculo que ventaja en este aspecto, y no son pocos los empresarios del ramo que resaltan la frustración de algunos clientes por el fracaso israelí en aplastar definitivamente la resistencia palestina y muestran rechazo a la política israelí, que se mueve hacia una anexión definitiva de los territorios ocupados.

Por mucho que pueda extrañar, cualquier aspecto del comercio a la larga acaba estando sometido a presiones de índole ética y moral que no cabe ignorar.