Hacia un pacto mundial para la migración

Exagerar el número de inmigrantes que acoge un país, tras atribuir a ellos todas las calamidades que afligen a la población autóctona (paro, inseguridad, violencia, etc.), suele ser uno de los instrumentos mediante el que los neonazis europeos y sus adláteres atizan el temor de la gente y favorecen el auge de los partidos extremistas.

Un reportaje especial del semanario británico The Guardian Weekly ayuda a poner en sus justos términos las cifras demográficas de la emigración mundial.

Para empezar, en estos días la humanidad está contemplando el máximo, nunca antes observado, de personas desplazadas en todo el mundo. En 2017, una de cada 30 personas estaba viviendo fuera de su país de origen, un total aproximado de 258 millones. A comienzos del siglo XXI eran 173 millones, lo que revela un enorme crecimiento. Las proyecciones hacia el futuro anticipan que a mediados del presente siglo serán más de 400 millones.

Pero cuando se toman en consideración los que se han visto forzados a desplazarse dentro de su propio país se constata que en 2009 eran ya 740 millones, más del doble de la población actual de EE.UU.

Según datos de la Agencia Internacional para la Migración, los principales países de acogida de emigrantes en 2015 eran EE.UU. (donde residen de más 46 millones de personas que no han nacido allí); Alemania, Rusia, Arabia Saudí (entre 12 y 10 millones cada uno) y Reino Unido (8 millones).

Los cinco países que producen mayor número de emigrantes son India (15 millones), México (12), Rusia (10), China (9) y Bangladés (7). Casi la mitad de la población migrante mundial procede de Asia, aunque tanto asiáticos como africanos prefieren emigrar dentro de sus respectivos continentes.

Si se trata de refugiados que huyen de la guerra, el asunto cambia. En su mayoría proceden de Siria (6,3 millones), Afganistán (2,4) y Sudán del Sur (2,3) y se refugian en países menores y a menudo afligidos por graves problemas. Turquía acoge a 3,5 millones de refugiados y Uganda y Pakistán a 1,4 millones cada uno.

El citado semanario considera a la emigración “La gran historia de nuestra época” que, además, está creando complejos problemas morales. La reacción hostil que se crea en Europa, EE.UU. y Australia lleva a la expulsión, a veces violenta, de los que huyen y a la creación de muros y controles de aislamiento que contribuyen a fomentar el odio hacia el forastero.

El cambio climático, con el aumento de las catástrofes naturales ha creado un nuevo problema: los que huyen de ellas no son considerados oficialmente refugiados. Cuando la vida de las personas está en peligro, resulta absurdo distinguir entre el peligro causado por las armas y el de los terremotos y las sequías.

Otro efecto de las migraciones es el auge del tráfico organizado de personas. Al haberse reducido las vías legales para la emigración, a causa de la hostilidad política y pública a la libertad de movimiento de las personas, se ha fomentado el ilegal negocio de los traficantes, cuyos beneficios se estiman en unos 150.000 millones de dólares anuales. A la vez, han aumentado las víctimas mortales: 30.000 emigrantes han fallecido en los últimos cinco años, en su mayoría en el Mediterráneo, norte de África y Centroamérica.

El próximo mes de diciembre la ONU celebrará en Marrakech una conferencia para adoptar un texto sobre la migración, que se ha venido preparando durante un año y medio, con el nombre de “Pacto mundial para la migración segura, ordenada y regular”. Se trata de un acuerdo que “cubre todas las dimensiones de la migración de una manera holística y completa”.

Hay esperanzas entre los que lo apoyan de que contribuya a resolver algunos de los graves problemas de la migración antes comentados; esperanzas algo atenuadas, lamentablemente, por el brusco abandono por EE.UU. de las conversaciones, otro efecto más del errático autoritarismo del insólito residente de la Casa Blanca.