Yemen en la conciencia mundial

A comienzos del pasado mes de abril, el Secretario General de la ONU afirmó sin rodeos en una conferencia pública: “Yemen es la peor crisis humanitaria en el mundo”. Y añadió: “Al entrar este conflicto en su cuarto año, más de 22 millones de personas -las tres cuartas partes de la población- necesitan ayuda humanitaria y protección”.

Recordó que esa guerra estaba causando un “enorme sufrimiento a uno de los pueblos más pobres y vulnerables del mundo”. Concluyó recomendando apoyar a las operaciones de ayuda humanitaria y “avanzar de modo decisivo hacia una paz duradera en Yemen”.

Conviene saber, además de lo anterior, que esta guerra ha causado más de 13.500 muertos y casi un millón de enfermos de cólera. El bloqueo de los puertos y los constantes bombardeos hacen muy difícil la intervención humanitaria y la llegada de alimentos y medios sanitarios para paliar las catastróficas consecuencias de la vasta destrucción causada en las infraestructuras esenciales del país.

Pues bien, el 9 de agosto, pocos meses después de haber escuchado las citadas palabras de António Guterres, un autobús escolar fue atacado al norte de Yemen por aviones de la coalición que dirige Arabia Saudí, produciendo una horrible matanza que destrozó a 40 niños. Ante las noticias de que la “bomba” causante de la carnicería era de fabricación estadounidense, el Pentágono respondió evasivamente, argumentando que ellos desconocían el hecho y que apenas hay tropas de EE.UU. desplegadas en la zona. Pero no quisieron recordar que la aviación de combate saudí cuenta con la colaboración de los aviones cisterna de EE.UU. para repostar en vuelo y se sirve de sus servicios de inteligencia para dirigir los ataques.

La CNN investigó por su cuenta lo que el Pentágono deseaba ignorar y afirmó que el proyectil de 500 libras que aniquiló el autobús había sido fabricado por Lockheed Martin, una de las más importantes empresas de armamento, en una venta aprobada por el Departamento de Estado.

Aquí hay que puntualizar diciendo que no se trataba de una “bomba” propiamente dicha, sino de un misil aire-tierra, dotado de propulsión propia y dirigido por un sistema de guía basado en rayos láser. Es una de esas armas llamadas “inteligentes”, cuya precisión es muy superior a los proyectiles ordinarios de artillería o a las bombas de aviación, que alcanzan sus objetivos por la fuerza de la gravedad.

Las imágenes de tan horrible carnicería han revuelto la conciencia en EE.UU., al conocer la enorme responsabilidad de su Gobierno en “la peor crisis humanitaria” del mundo. Que Arabia Saudí e Irán pugnen entre sí por la hegemonía en la región a través de persona interpuesta (los “houthis” chiíes yemeníes y la coalición suní dirigida por Arabia) tiene como consecuencia la trágica situación en que se halla el desdichado pueblo de Yemen.

La opinión mundial debe saber que entre 2013 y 2017 EE.UU. suministró más del 60% del armamento saudí, de lo que Trump se ha vanagloriado recientemente. Durante esos cuatro años se han cuadruplicado las importaciones saudíes de armas. España, como estamos sabiendo estos días, no ha sido ajena al negocio, ofreciendo precisamente misiles aire-tierra y corbetas que contribuirán al nefasto bloqueo del país.

Se alzan ahora voces en EE.UU. buscando las bases legales que permitirían al Congreso discutir sobre esta guerra. Varios intentos han fracasado, aunque en febrero pasado el último de ellos se perdió en el Senado por el exiguo margen de 55 a 44. ¡El Congreso puede detener la guerra de Yemen! es la consigna que empieza a abrirse paso entre los círculos menos fanatizados del país. Hasta el New York Times se atrevió a insinuar que el Gobierno de EE.UU. podría ser acusado de “complicidad en crímenes de guerra” al ayudar a Arabia Saudí a “asfixiar a Yemen con el fin de someterlo”.

Trump apoya esta guerra que dirige su leal aliado saudí y que también cuenta con el beneplácito israelí; él tiene un amplio respaldo en EE.UU. y no parece que desde el Congreso emane la fuerza capaz de poner fin al caos y la destrucción que las guerras estadounidenses vienen sembrando en el mundo desde el 11 de septiembre de 2001. Pero la voz que desde la ONU reclama la paz acabará siendo atendida.