De desfiles militares y guerras sin fin

Las calles de París han vivido airadas revueltas populares, como las que pusieron fin a la monarquía absolutista, y otras posteriores que fueron el inicio de movimientos de rebeldía social de proyección internacional.

Las grandes reformas urbanísticas del siglo XIX, que tejieron una red de grandes avenidas radiales en torno al Arco del Triunfo, no solo embellecieron y sanearon la ciudad sino que también facilitaron la actuación de las fuerzas del orden, despejando el campo de tiro de la artillería, difícilmente utilizable en las retorcidas callejuelas del antiguo París, dificultando la construcción de barricadas y permitiendo el rápido desplazamiento de las tropas y los pertrechos.

En una de esas bellas calles parisinas, la espectacular Avenida de los Campos Elíseos, tiene lugar el 14 de julio de cada año el desfile militar que celebra la Fiesta Nacional: el llamado “día de La Bastilla”.

Es un desfile que une emocionalmente a la inmensa mayoría del pueblo francés. Ningún alto cargo, y menos un presidente o jefe de Gobierno de la República, hubiera podido pronunciar las palabras que en 2007 el entonces presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy, dejó al aire frente a un micrófono descuidadamente abierto: “Este domingo tengo el coñazo del desfile… en fin, un plan apasionante”.

Fue la confesión que le hizo a Javier Arenas en una reunión del Comité de Portavoces de su partido y que escucharon directamente cerca de 300 participantes, la víspera de la Fiesta Nacional española del 12 de octubre. Naturalmente hubo de dar prontas explicaciones que, como siempre suele ocurrir, satisficieron a los suyos y propiciaron a la oposición la petición de disculpas oficiales.

En el otro extremo del entusiasmo por los desfiles militares se encontraba Trump en julio de 2017, cuando asistió a la Fiesta Nacional francesa como invitado especial del presidente Macron. Dejándose llevar por su estilo apresurado e impaciente, enseguida tomó Trump la decisión de hacer algo parecido en Washington.

Sin pararse en barras ni consultar a quienes sabían de eso más que él, se vio forzado a reconsiderar su idea cuando le advirtieron de que una ceremonia a la que inicialmente atribuía un coste de 10 millones de dólares fue sumando “detalles” hasta que la factura alcanzaba los 92 millones.

En ese punto, una importante asociación de veteranos, la American Legion, con unos dos millones y medio de miembros, salió al paso de la idea presidencial sugiriendo que convendría esperar “hasta el momento en que podamos celebrar la victoria en la guerra contra el terrorismo y nuestros soldados puedan volver a casa”.

Trump reaccionó al modo usual, canceló irritado el desfile y acusó a los funcionarios de Washington haber exagerado el coste de su idea. No obstante, quizá sin percibirlo, la American Legion había puesto el dedo en una llaga purulenta que infecta a la sociedad estadounidense: el inacabable fin de una imprecisa guerra de la que nadie es capaz de decir en qué consistirá la victoria.

La guerra en cuestión se inició en octubre de 2001 contra Afganistán y hoy, diecisiete años después, nadie ve próximo el fin. Declarando ante un comité senatorial el pasado mes de junio, el decimoséptimo general que toma el mando supremo en esta guerra, al ser preguntado sobre qué iba a hacer él para poner fin al conflicto, declaró: “No puedo garantizar un plazo ni una fecha final”. A pesar de esto, fue confirmado en el cargo y el Congreso aprobará, sin duda, un presupuesto de casi 50.000 millones de dólares para proseguir esta guerra infinita durante 2019.

¿Qué hará Trump si quiere tener su desfile? Puede copiar a Bush, que en 2003, en uniforme de combate y aterrizando en un portaaviones, se apresuró a declarar enfáticamente Mission acomplished! (¡Misión ejecutada!) y tuvo que rectificar después, al modo de Rajoy. O puede crear nuevos conflictos que ayuden a olvidar la enconada herida de la guerra antiterrorista. El tiempo nos lo dirá.