Otra vez, Irán en el punto de mira

Burton Gerber es un renombrado espía, ya jubilado, que desde que se retiró de la CIA en 1995 se ha dedicado a difundir, por escrito y dando conferencias, su opinión sobre algunas críticas cuestiones relativas a la ética y el modo de operar de los servicios secretos. Pone de relieve la importancia del espionaje en la lucha contra el terrorismo, en la que considera de vital importancia el respeto por los derechos humanos y las libertades civiles.

Durante 39 años ha estado al servicio de la CIA en el sector dedicado a la antigua Unión Soviética y al Pacto de Varsovia, trabajando como jefe de estación en Sofía, Belgrado y Moscú. Su brillante carrera en el oscuro mundo de los servicios secretos internacionales ha sido premiada en varias ocasiones.

Por todo lo anterior es de gran interés conocer su opinión sobre las supuestas y ocultas relaciones de Trump con el Kremlin. Al ser preguntado sobre la pasada reunión en Helsinki entre Trump y Putin, aseguró que no son realistas las suposiciones que se hacen en ciertos sectores de la política estadounidense de que Trump viene a ser como un peón al servicio de los oscuros designios moscovitas. Según él, la relación entre ambas partes es casi de tipo comercial y no deberían sospecharse vínculos secretos, extrañas conexiones o coacciones.

Con más claridad y menos corrección política, como escribe Michael Weiss en The New York Review (2-ago-18), Gerber se expresó así: “Trump es básicamente un hombre de baja autoestima, lo que ha intentado superar actuando como un matón y un narcisista. Sus actos están diciendo: ‘Tomadme, soy vuestro si me admiráis y me halagáis’. Los rusos jamás intentarían reclutarle, pues simplemente les resulta siempre accesible y pueden influir en él”.

Pues bien, este es el Trump que de modo “matón y narcisista” (que tan sugestivamente refleja la imagen aquí reproducida: gesto prepotente y ostentosa firma con rotulador), ha decidido recrudecer las sanciones aplicadas contra Irán, meses después de haber abandonado el pacto suscrito en 2015 con este país por las grandes potencias, asunto al que me referí más detalladamente el pasado mes de abril (¿Crecerá la belicosidad de EE.UU.?).

Trump firmó una “orden ejecutiva” (digamos, una especie de decreto-ley) que entró en vigor a las cero horas del pasado martes, para golpear de nuevo la maltratada economía iraní porque, en su opinión, el citado pacto está “desequilibrado” y la reforzada presión económica sobre Irán le obligará a aceptar otro pacto que ponga fin a sus “malignas actividades, incluyendo sus programas de misiles balísticos y su apoyo al terrorismo”.

El presidente Rouhani comentó, muy acertadamente, que no es posible establecer nuevos contactos para ponerse de acuerdo en un nuevo pacto, si éstos han de tener lugar bajo la presión de las sanciones. Acusa a Trump de utilizar esta operación para obtener mejores resultados electorales en las próximas elecciones intermedias, a celebrar en noviembre.

Por su parte, Europa sigue apoyando firmemente el acuerdo alcanzado en 2015 y las cancillerías de los principales países de la UE puntualizaron el pasado lunes que “el tratado nuclear con Irán sigue siendo esencial para la seguridad global”.

Que un “matón narcisista” pueda influir siquiera mínimamente en los destinos de toda la humanidad es algo que debería causar preocupación universal. Y no solo a los europeos, despreciados y algo humillados tras la última visita que el presunto emperador hizo a las marcas orientales de su imperio.

Cerraré este comentario repitiendo la frase con la que concluí el antes citado: “La solidez europea en esta crítica cuestión es elemento esencial para frenar y contener los accesos de belicosidad que pueden aquejar a una Casa Blanca de donde han ido desapareciendo las pocas voces moderadoras que había, sustituidas por personas propensas al uso de la fuerza militar”.