¿La nueva voladura del Maine?

Antes del comienzo del campeonato mundial de fútbol que está a punto de concluir estos días en Rusia, era allí sentir común, tanto en parte de la población como entre los dirigentes políticos, que durante su celebración probablemente ocurriría algo grave que perturbaría el desarrollo de la competición y contribuiría a desprestigiar al país y a sus habitantes.

Se temía un recrudecimiento del latente conflicto en la zona oriental de Ucrania, donde las armas siguen activas y los acuerdos temporales de alto el fuego apenas se sostienen unos días. Tampoco era descartable que algo parecido sucediera en el teatro de operaciones sirio, donde Rusia está implicada militarmente y la violencia bélica no cede entre las diversas facciones que allí combaten con saña.

Nada de eso ha sucedido y, por el contrario, la Copa del Mundo ha servido para mostrar una imagen de Rusia que ha sorprendido en cierta medida tanto a los aficionados visitantes que se han movido libremente por el país como a los que desde sus televisores domésticos han contemplado un país moderno, acogedor con los hinchas futbolísticos que lo visitan, y una sociedad activa y con ganas de vivir, muy alejada de algunos clichés negativos, al estilo de la vieja guerra fría, tan estimados en Occidente donde todavía encuentran eco.

Pero es indudable que entrever un acercamiento entre Washington y Moscú es asunto que molesta sobremanera a algunos, los mismos que se sienten incómodos por el éxito en relaciones públicas que supone para Rusia concluir con brillantez una popular competición que da visibilidad internacional a algunas de las principales ciudades del país.

De ahí que bastantes medios de comunicación se hayan lanzado con avidez sobre un segundo incidente de envenenamiento por “novitchok”, detectado en Inglaterra el pasado 30 de junio, que ha producido la muerte de una mujer y graves secuelas a su marido. Parece una copia del ya conocido y publicitado intento de envenenamiento del exagente secreto ruso Skripal y su hija, ocurrido también en Inglaterra el pasado mes de marzo, que provocó una de las más graves crisis diplomáticas entre Rusia y Occidente, con la expulsión de numerosos diplomáticos y con muy serias acusaciones vertidas contra el Gobierno de Moscú.

Esta vez las acusaciones resultan del todo inverosímiles. ¿Qué interés podría tener Rusia en desencadenar ese tipo de operación secreta -pero rápidamente conocida a nivel mundial- en pleno campeonato deportivo del que tanta propaganda favorable espera? ¿Por qué habría de intentar asesinar a una pareja de ingleses de los que se desconoce cualquier implicación política, pocos días antes del importante encuentro previsto entre Putin y Trump el 16 de julio? Y durante unos días, además, pródigos en encuentros internacionales muy significativos, como la conferencia de la OTAN y la prevista visita de Trump a Londres.

Las sospechas, más que dirigirse hacia Moscú, habrían de centrarse en descubrir quién o quiénes parecen moverse por el Reino Unido provistos de cierta cantidad de un peligroso agente neurotóxico, ciertamente de origen ruso pero que también obra en poder de otros países, como lo ha reconocido el presidente checo. También Suecia y Alemania. Por otro lado, hace más de veinte años que ese agente tóxico es conocido en Occidente, por lo que no cabe mostrar una indignada sorpresa ante su reaparición pública.

Dondequiera que se halle el cerebro que ha organizado ambos atentados parece evidente que le mueve el interés de torpedear los contactos internacionales antes citados y evitar el regreso a una época de relajamiento de las tensiones entre Rusia y Occidente. La prudencia y el sentido común son más necesarios que nunca a la hora de atribuir responsabilidades por el incidente, para hacer fracasar a los que parecen querer copiar la aventura habanera de la voladura del acorazado Maine que hizo más fácil a EE.UU. iniciar en 1898 la guerra contra España.