Singapur no hará Historia

En la rueda de prensa que siguió a la entrevista mantenida en Singapur el pasado martes por los presidentes Trump y Kim Jong-un, resalta lo que el estadounidense opinó sobre el coreano, con su peculiar estilo y sintaxis: “Es muy talentoso. Cualquier persona que afronta una situación como él lo hizo cuando tenía 26 años y es capaz de manejarla y hacerlo con mano dura, yo no digo que estuvo bien ni digo nada sobre eso, pero él salió adelante. Muy poca gente de esa edad, igual uno entre 10000, probablemente no [sic] podría hacerlo”.

Ambos líderes buscaron el foco mediático y lo consiguieron con sobrado éxito. No pretendieron “hacer Historia”, como después han anunciado muchos titulares en los medios de comunicación. Tras los graves insultos y amenazas intercambiados en los meses anteriores, el apretón de manos y los contactos personales, analizados con lupa por los especialistas, tuvieron una gran carga teatral. Sin embargo, nada preciso puede anticiparse porque, dada la zigzagueante política de Trump y el oscuro ámbito en el que se toman las decisiones en Pionyang, el futuro sigue siendo imprevisible a pesar de la declaración conjunta firmada por los dos presidentes.

En ella se advierten algunas buenas intenciones pero no se percibe ningún plan o proyecto concreto que aclare fechas y plazos para llevarlas a la práctica.

Como ejemplo: “El presidente Trump se ha comprometido a dar garantías de seguridad a la República Democrática Popular de Corea y el presidente Kim Jong-un ha reafirmado su compromiso firme e inamovible para la completa desnuclearización de la península de Corea”. ¿De qué “garantías” se trata? ¿Cuándo y cómo empezará la “desnuclearización”? ¿Hay previstos nuevos encuentros a más bajo nivel para concretar detalles? Nada se dice sobre eso.

Algunos aspectos de la declaración tampoco aclaran mucho y suenan a lugar común: “deseo de paz y prosperidad para los pueblos de los dos países”, “régimen de paz duradera y estable”, “completa desnuclearización de la península”.

Quizá la única decisión real ha sido el aplazamiento de unas maniobras militares conjuntas con EE.UU. en Corea del Sur, a las que Trump ha calificado de “muy caras y provocativas”. Esto ha sorprendido a los aliados de Washington, implicados estos últimos días en otras maniobras en territorios bálticos que, como todas las maniobras militares, no resultan especialmente baratas y también han provocado a Moscú, como comenté aquí la semana pasada.

Nada concreto se ha precisado sobre la continuidad de las sanciones aplicadas a Pionyang. Pero en los círculos más próximos a Washington se ha prestado atención al párrafo final de la declaración, donde se dice que Trump y Kim Jong-un “se han comprometido a cooperar para el desarrollo de unas nuevas relaciones entre Estados Unidos y la República Democrática Popular de Corea y para la promoción de la paz, la prosperidad y la seguridad de la península coreana y del mundo”.

Puede haber paz en Corea, pero no necesariamente en el mundo. Hay razones para sospechar que esta declaración deja vía libre a EE.UU. para aumentar la presión sobre Irán y blandir contra el Gobierno de Teherán el fantasma de la guerra. El ala más militarista de los consejeros de Trump percibió que Pionyang no merecía una guerra y bastaba con un simulacro de diplomacia para desactivar el peligro de un Kim Yong-un inestable y asustado. Pero, por el contrario, sigue convencida de que el verdadero enemigo de EE.UU. y sus aliados en la zona (Israel, Arabia Saudí, Egipto…) es el régimen de los ayatolás iraníes. De esto Trump no ha hablado nada con Kim.

En resumen: ambos dirigentes han salido reforzados ante sus opiniones públicas. Los norcoreanos han visto a su “líder supremo” estrechando la mano del que fue su enemigo más acerbo y siendo positivamente valorado por éste. Y no son pocos en EE.UU. los que creen que Trump “hace Historia” desactivando el peligro nuclear de Pionyang y dando un paso hacia ese Nobel de la Paz con el que sus cortesanos le halagan.

Eso es todo. La conferencia de Singapur no ha hecho Historia. Nada ha cambiado en EE.UU., que sigue extendiendo sus tentáculos militares sobre todo el planeta y prefiriendo soluciones militares a los problemas de política exterior; y nada ha cambiado en Corea del Norte, donde los más elementales derechos humanos son vulnerados a diario por un régimen tiránico. Cambiar la Historia es otra cosa.