Putin, en camión hacia Crimea

El pasado 15 de mayo Putin inauguró, quizá para celebrar también el comienzo de su cuarto mandato presidencial, una relevante obra de ingeniería civil que lleva consigo algunas repercusiones geopolíticas de sumo interés para Rusia y para Europa. Se trata del puente erigido sobre el estrecho de Kerch, que es la vía natural que enlaza el mar Negro con el mar de Azov.

Construido en poco más de dos años con un coste global de unos 3.600 millones de dólares, sus 19 km de longitud lo convierten en el puente más largo de Europa, que hoy ya conecta por carretera -y en breve también por ferrocarril- la península de Crimea con el territorio de la Federación Rusa.

La vieja y enconada cuestión de la anexión rusa de Crimea puede darse ya por cerrada. Pero es necesario advertir, desde un principio, que para cualquier observador libre de prejuicios el pueblo de Crimea ha conservado desde tiempo inmemorial un arraigado espíritu ruso, como ya comenté más ampliamente en estas páginas en abril de 2014, pocos días después de producirse la citada anexión: “Esa Ucrania siempre dividida“.

Además, las circunstancias en las que en 1954 se transfirió la península (salvo la base naval de Sebastopol) desde la jurisdicción de la República (socialista, soviética, etc.) de Rusia a la de Ucrania, por decisión de un Nikita Jruschef todavía apenas asentado en el poder tras la muerte de Stalin, nunca resultaron muy convincentes para sus habitantes. Antes de la desintegración de la URSS, por otra parte, la transferencia de jurisdicción entre repúblicas hermanas apenas tenía efectos prácticos.

En el artículo antes citado escribí lo siguiente, al referirme a las estrechas vinculaciones entre Ucrania y Rusia: “Lo que sería el futuro imperio ruso nació en Kiev; fue el príncipe Vladimiro el primer monarca que organizó un Estado eslavo y eligió, como instrumento político, la religión que habría de sustituir al anterior paganismo oficial, obligando a sus súbditos a bautizarse en las aguas del Dnieper bajo la bendición de los clérigos ortodoxos que desde Bizancio había hecho venir su esposa, la hija del emperador. El pueblo eslavo se hizo entonces ortodoxo, influencia que perdura hasta hoy”.

Así es, y como se lee en The Moscow Times (18/05/2018), Putin no ha vacilado en utilizar terminología religiosa tanto en lo relacionado con el nuevo puente, al que considera “un milagro”, como a raíz de la anexión de Crimea, cuando aludió a la península como un “lugar santo” para los rusos.

En todo caso, el puente sobre el estrecho de Kerch tiene además un hondo simbolismo patriótico de reunificación del pueblo ruso. De un modo parecido al que en muy reciente ocasión el partido Ciudadanos se envolvió patrioteramente en la bandera nacional en un esfuerzo por aumentar su atractivo electoral, también Putin apareció en la ceremonia inaugural del puente recorriéndolo al volante de un camión volquete engalanado con los colores de la bandera rusa.

Aunque en algunos países occidentales se esté ya investigando si en la construcción de la gran obra se vulneraron algunas de las sanciones impuestas a Rusia por el conflicto ucraniano, la realidad es que el citado puente favorecerá en gran medida la industria turística de Crimea, principal activo de este territorio, cuya población lo ha acogido con entusiasmo. Se consolida así la anexión de 2014 y tanto Europa como EE.UU. tendrán que buscar otros motivos si desean seguir hostigando a Moscú.

También la OTAN habrá de aceptar la realidad, a pesar de su comprobada dificultad para entender “la cuestión de Crimea”, a la que parece observar solo a través de su vieja lente militar, enfocada hacia la guerra fría.

Y Rusia, por su parte, habrá de seguir financiando tanto a la República de Crimea como a la base naval de Sebastopol, dos “pozos sin fondo” que devoran una parte sustancial de su presupuesto. Financiación por razones esencialmente geopolíticas, cuyo principal objetivo es, para Putin, mostrar que Rusia sigue siendo una potencia a ser tenida en cuenta en el concierto internacional de las naciones.