Trump-Netanyahu: sobre el barril de pólvora

Sería imposible elaborar estos días un comentario sobre cualquier aspecto de política internacional sin aludir al indiscriminado asesinato de palestinos que el ejército israelí practica a menudo contra la población de Gaza. Las oficialmente denominadas “Fuerzas de Defensa de Israel” no vacilaron en festejar el pasado lunes la inauguración de la nueva embajada de EE.UU. en Jerusalén desencadenando una mortífera carnicería de manifestantes gazatíes que causó más de medio centenar de víctimas mortales y varios centenares de heridos por arma de fuego.

Aludí hace dos semanas en estas páginas al “peligroso binomio Trump-Netanyahu”, con motivo del enfrentamiento entre EE.UU. y gran parte de la comunidad internacional, causado por la decisión de Trump de romper el acuerdo alcanzado con Irán para controlar el desarrollo nuclear de este país.

Es precisamente ese “binomio” sangriento el responsable de la nueva tragedia que ha estremecido al mundo y que ha obligado al Consejo de Derechos Humanos de la ONU a tuitear: “Debe detenerse de inmediato la espantosa matanza de docenas [sic] y los centenares de heridos causados por las armas de fuego israelíes. Hay que respetar el derecho a la vida. Los responsables de tan monstruosas violaciones de los derechos humanos deberán rendir cuentas. La comunidad internacional exige ejercer justicia por las víctimas”.

El Gobierno israelí, como es habitual, ignorará cualquier reproche de la ONU, sabedor de que EE.UU. vetará, como acaba de hacer, una propuesta kuwaití para que el Consejo de Seguridad investigue la violencia ejercida en Gaza.

Netanyahu se está convirtiendo en el principal responsable de la inestabilidad en la región, al menos por dos motivos: 1) incitando a EE.UU. contra Irán, y 2) imposibilitando cualquier resolución pacífica del problema de Palestina. En ambos casos, Trump y su Gobierno le apoyan sin fisuras. No hay que poseer visión profética para anunciar un agravamiento de la situación y un refuerzo del terrorismo en general. Trump y Netanyahu se entienden bien, sentados sobre un barril de pólvora.

En su última visita a Arabia Saudí el papá de Ivanka (la madrina de la nueva embajada) declaró ante los principales líderes suníes reunidos en Riad que Irán financia, arma y entrena grupos terroristas que siembran el caos “desde Líbano hasta Irak o Yemen”; insistió en que el Gobierno de Teherán anhela la destrucción de Israel y la muerte de EE.UU. Netanyahu no le fue a la zaga afirmando que “el régimen de Irán supone una grave amenaza, no solo para Israel sino para todo el mundo”.

Las palabras de ambos dirigentes no son simple retórica impulsados por la euforia previa al aniversario de la creación del Estado de Israel y a la inauguración de la embajada jerosolimitana. Señalan también una dirección estratégica y un enemigo: Irán. Y un nuevo bloque anti-iraní: EE.UU., Israel y Arabia Saudí, con sus respectivos aliados.

Pero no están solos en el mundo: hay otras potencias, sin olvidar a Rusia, China y Europa, que observan con inquietud la situación creada en la amplia y crítica región en torno al Golfo Pérsico, donde también ellas tienen intereses importantes, enfrentados en ciertos casos con los del citado bloque. El fantasma de una nueva guerra se hace presente.

Pero, para alivio del lector, conviene recordar que queda un sorprendente e inesperado resquicio abierto a la esperanza: tanto Trump como Netanyahu no están sólidamente asentados en sus respectivos sillones. El segundo tiene abierta una investigación policial sobre supuestas corrupciones; y sobre el primero planea, desde siempre, una densa sombra de incertidumbre por su tornadiza volubilidad. Lo verdaderamente lamentable es que la suerte de la humanidad pueda depender del estado de ánimo de estos dos peculiares individuos.