El sueño de David Grossman

El conocido escritor israelí David Grossman (autor de “La vida entera”, “Véase: amor”, “Delirio”, “Más allá del tiempo” y otras; no confundir con el también famoso escritor ruso Vasili Grossman), que perdió un hijo en combate durante la guerra del Líbano de 2006, en una reciente alocución con motivo de la celebración en Israel del Día de la Memoria y de habérsele concedido el más alto galardón literario de su país, expresó unas vibrantes opiniones sobre el conflicto palestino-israelí.

Con emoción escucharon los asistentes al acto lo que Grossman definió como fórmula básica para resolver esta penosa, sangrienta y enconada cuestión: “Si los palestinos no tienen un hogar, los israelíes tampoco lo tendrán”.

Para Grossman, un hogar se define por sus paredes -las fronteras- bien definidas y por todos aceptadas. En él la vida es “estable, sólida y relajada”. Un hogar es un sitio donde sus habitantes poseen unos códigos íntimos y donde hay relaciones estables con los vecinos. Sintetiza esas cualidades diciendo que un hogar “ayuda a establecer una clara sensación de futuro”.

Pues bien, aunque ahora se cumplirán 70 años desde la declaración oficial del Estado de Israel y a pesar de que se creó como un “hogar para el pueblo judío”, Grossman afirma rotundamente: “Israel puede ser una fortaleza, pero todavía no es un hogar”.

Y dando la vuelta a la fórmula anterior, asegura que “si Israel no es un hogar, tampoco lo será Palestina”. Su denuncia ha tenido sonoro eco. Traduzco libremente un fragmento del discurso:

“Cuando Israel ocupa y oprime a otra nación durante 51 años y crea una situación de apartheid en los territorios ocupados, es mucho menos que un hogar. Y cuando el ministro de Defensa impide que los palestinos amantes de la paz asistan a un acto como este, Israel es también menos que un hogar”.

Lo mismo sucede, añadió Grossman, cuando los francotiradores israelíes asesinan a manifestantes palestinos, en su mayoría civiles inocentes; o cuando el Gobierno pone en peligro las vidas de miles de solicitantes de asilo y los expulsa a la nada; o cuando el primer ministro difama a las organizaciones defensoras de los derechos humanos o propugna leyes para soslayar al Alto Tribunal de Justicia, y sistemáticamente pone en tela de juicio la democracia y los tribunales.

De este modo se exhibe una larga lista de reivindicaciones que el afamado escritor ha denunciado con valentía, declarando públicamente que el importe económico del premio literario que le ha sido otorgado lo repartirá por igual entre dos organizaciones israelíes que cuidan a los niños de los inmigrantes y de las que Grossman dice que “realizan un trabajo sagrado o, mejor dicho, las simples actividades humanas que el Gobierno debería estar haciendo”.

Sueña Grossman con ese “hogar donde vivamos una vida pacífica y segura, limpia, no esclavizada por fanáticos de todo tipo con visiones totales, mesiánicas y nacionalistas”. Aspira a que “de repente una nación se despierte por la mañana y vea que es humana… un Estado que funcione simplemente atendiendo a las personas que en él habitan, compasivo y tolerante ante las muchas maneras de ‘ser israelí'”.

Y concluye: “Merece la pena luchar por Israel. Lo mismo deseo a nuestros amigos palestinos: una vida independiente, libre y pacífica en una nación nueva y reformada. Para que tras otros 70 años nuestros nietos y bisnietos, palestinos e israelíes, sigan aquí y cada uno cante su himno nacional, que en árabe y en hebreo contenga la misma línea: ‘Ser una nación libre en nuestra tierra'”.

Lamentablemente, frente al sueño de Grossman se alza una realidad hostil, que hoy parece casi insuperable. Un Gobierno que desea convertir lo que legalmente es la ocupación temporal de un país vencido tras la guerra en la simple anulación cívica del pueblo palestino; un Estado único con dos clases de ciudadanos de los que solo una tendrá plenos derechos civiles. Y en ese empeño ilegítimo e inmoral, el pueblo palestino permanece ignorado y, una vez más, impulsado a conseguir por la violencia lo que una legislación injusta no le reconoce.

Trump traslada a Jerusalén su embajada y olvida la anexión ilegal por Israel de la parte oriental de la ciudad; Gaza sufre una insostenible situación de bloqueo forzoso; los asentamientos ilegales proliferan sin cesar arrebatando sus tierras a los palestinos, con el tácito apoyo de las grandes potencias que apenas esbozan una tímida disconformidad.

De hecho, los descendientes de un pueblo que sufrió la discriminación racial, la persecución y el exterminio organizados y que con frecuencia alude a su Historia para explicar la raíz de su esencia, la está traicionando impunemente o, lo que es peor, dando muestras de una siniestra hipocresía como valientemente denuncia Grossman. ¿Será hoy el escritor israelí la bíblica “voz que clama en el desierto”?