Las libertades democráticas

En junio de 2003 y en el diario Estrella Digital (el antecesor de República de las ideas), a raíz del llamado “tamayazo” publiqué un comentario titulado “Creer en la democracia”. En estos días en los que la opinión pública española está revuelta por el “caso Cifuentes”, amén de otros peligrosos síntomas de cierto desfallecimiento democrático (como la pertinaz judicialización de cuestiones puramente políticas, las emborronadas fronteras entre los tres poderes de Montesquieu cuya clara separación es esencial para la democracia, la tácita aceptación de prácticas corruptas y la exagerada polarización que impide dialogar con fluidez dentro del arco político), mucho de lo que entonces escribí sigue siendo hoy de rabiosa necesidad para evitar que arraigue la nefasta idea de que la corrupción y la mentira son complementos inherentes a la actividad política.

Contando con la benevolencia del editor y la directora, reproduzco a continuación, eliminando las referencias concretas al escándalo que lo suscitó, lo esencial de la voz de alarma que con el citado comentario quise hacer sonar:

“Dejemos que éste [el tamayazo] se vaya dilucidando, si es posible, y los madrileños y todos los españoles acabemos por saber cuáles han sido los móviles, ocultos o manifiestos, de tan sonada actuación. Pero lo que más nos preocupa a muchos ciudadanos es el tono de algunos comentaristas habituales en prensa, radio y televisión, que utilizan el aspecto escandaloso del conflicto para desahogar sus ocultas tendencias antidemocráticas. Porque no puede ser otra cosa el origen de tan multiplicadas llamadas públicas a la abstención generalizada del voto, considerándola como la opción más inteligente y exquisita, propia de espíritus puros y refinados; a volver la espalda a la cosa pública, donde muchos se ensucian las manos, aunque ellos, no; a despreciar globalmente la actividad política, basándose en su capacidad corruptora, que se tiene por inevitable. ¿Qué desean? ¿Regresar al despotismo ilustrado, al ‘todo por el pueblo pero sin el pueblo’? ¿Recuperar los añorados años de la dictadura, donde el mejor destino de las urnas era su rotura?

“Mucho daño pueden hacer comentarios de ese estilo, sobre todo en los jóvenes que no han vivido tiempos aún no muy lejanos. Si la España de la democracia ha avanzado en un sentido positivo, es en la imposibilidad de que la corrupción subsista y se haga endémica, gracias al silenciamiento forzoso de los medios de comunicación. Quizá no todos los casos salgan a la luz, pero en el pasado no salía casi ninguno; y, cuando ocurría, era resultado de alguna venganza entre las familias del régimen. ¡Claro que hay corrupción en la política! Y sobre todo en esas líneas de fricción donde rozan las placas tectónicas de la política y el negocio fácil.

“Si en aquel pasado de penuria de la posguerra civil se hicieron negocios importando automóviles o aprovechándose del contrabando, ahora es la construcción el gran motor de los beneficios injustos y presumiblemente ilegales. No es extraño que en los órganos de gobierno local relacionados con la vivienda o el urbanismo brote y prospere la corrupción. Pero en tanto que los medios de comunicación tengan libertad para denunciarla y los órganos de la justicia, independencia para actuar, esa corrupción no se convertirá en un cáncer letal, tan común en las dictaduras.

“Los comentarios malévolos a los que se alude aquí, suelen estar teñidos, además, de un hipócrita sentido de la pureza moral. Llevados al extremo y siguiendo su lógica, los médicos –por ejemplo– deberían ser seres entregados por altruismo a sanar a la humanidad, y sus honorarios, meras cuestiones secundarias. Los militares se jugarían la vida defendiendo a sus compatriotas y apenas se preocuparían de sus retribuciones o ascensos. Los políticos, por la misma regla de tres, habrían de ser personas dedicadas noblemente al servicio de los ciudadanos, sin otras preocupaciones. Esa falsa pureza ignora que todos necesitan vivir, comer, sostener una familia, entretenerse, viajar, amar… Y que esto implica que sus actividades sean remuneradas. Pero si el médico abusa de su posición, la mujer del coronel va a la compra en el coche oficial de su marido o el político se embolsa una buena suma por recalificar los terrenos del amigo, los detectores sensibles de la democracia (prensa libre y crítica política) desencadenan automáticamente la alarma ante la que la sociedad reacciona con los procedimientos habituales en el ámbito de la Justicia.

“Es necesario seguir creyendo en la democracia. Hay que conceder un margen de credibilidad a quienes se dedican a la acción política sobre la que aquélla reposa. Y oponerse a los que propugnan la abstención permanente y el desdén por la cosa pública. Seguirá habiendo políticos corruptos, como corruptos existen en todas las profesiones. Pero la capacidad de desenmascararlos y castigarlos solo está garantizada con el ejercicio de las libertades democráticas”.

Esa sigue siendo la cuestión crucial: cuando la libertad de expresión está coaccionada por una legislación -por muy legítima que sea- que la coarta, así como las libertades de información o de reunión, la democracia está en peligro. Y hoy se extiende por el mundo la tendencia a apelar al terrorismo como razón esencial para recortar la democracia y gobernar en seudo-dictadura. Los pueblos que aspiran a ser libres habrán de esforzarse para resistir a tan burdo engaño.