París, cañoneado hace un siglo

Ahora hace cien años, la 1ª Guerra Mundial (que entonces nadie llamaba así, sino “Guerra Europea” o, más acertadamente, “Gran Guerra”) llevaba tres años y medio de sangrientas batallas en varios frentes de combate que no solo se extendían por Europa, sino que llevaron los enfrentamientos armados a territorios africanos y asiáticos y a las aguas del Atlántico y del Pacífico, por tierra, mar y aire.

En el llamado “frente occidental”, que sobre tierras principalmente francesas se extendía desde la costa belga en el mar del Norte hasta Suiza, Alemania desencadenó en marzo de 1918 la gran ofensiva que había de romper el frente guarnecido por ejércitos franceses y británicos y dar al Imperio alemán la victoria definitiva.

El 21 de marzo de 1918 las operaciones comenzaron a las 4.40 horas con un intenso bombardeo artillero de cinco horas de duración. Recuérdese que, en la historia bélica, la 1ª G.M. fue la consagración de la artillería como arma suprema, tras los largos siglos anteriores de reinado de la infantería y la caballería. La 2ª G.M. haría lo mismo con la aviación, el arma acorazada y los submarinos; en Corea y en Vietnam los helicópteros (la “caballería aérea”) jugarían un papel determinante y otros sucesivos conflictos pondrían en primer plano a las tropas de operaciones especiales, a los drones… en una interminable evolución impulsada por los constantes avances tecnológicos.

Seis mil piezas alemanas de artillería de gran calibre y 3000 morteros pesados dispararon proyectiles explosivos y de gas desde antes del amanecer. El ataque terrestre se inició dos horas y media después y fue tan violento y rápido que estuvo a punto de sorprender al mismo Churchill, que entonces visitaba unas posiciones del ejército británico en Francia.

Pero vayamos a París. La capital había sido ya bombardeada desde el comienzo de la guerra por aeróstatos (los famosos zepelines) y aviones de bombardeo. En marzo de 1915, tres años antes, la prensa francesa había ofrecido premios en metálico a los primeros combatientes que desde tierra (artillería antiaérea) o desde el aire (pilotos de caza) lograran abatir un zepelín en el cielo de París.

Durante largo tiempo ningún dirigible volvió a amenazar la capital de Francia y el diario Le Matin anunciaba la renovación del premio ofrecido: “No se trata de recompensar con dinero a un héroe noblemente entregado a la Patria, sino de asegurarle que si perece en la lucha no quedarán desatendidos los que deja detrás. A su valor personal, Le Matin quiere añadir la confianza. Eso es todo”. De ese pragmático modo el diario anunciaba su colaboración en la “enorme alegría de Francia el día que viera estrellarse contra nuestro suelo el innoble armazón de un ‘corsario germánico'”.

Pero la guerra es imprevisible y en un alejado pueblo francés, Creppy-en-Laonnoise, ocupado por Alemania y situado lejos del frente, cerca de la histórica ciudad de San Quintín, a unos 130 km de París en línea recta, el llamado “cañón de París” (Pariser Kanonen) abrió fuego por vez primera en la madrugada del 23 de marzo. Cuatro minutos después el primer proyectil de unos 100 kg se abatía sobre París y ningún piloto de caza o artillero antiaéreo francés sería capaz de impedirlo. Siguieron muchos otros durante varios meses.

Entonces eran muy pocas las armas artilleras capaces de superar los 30 km de alcance, por lo que a los parisinos les costó mucho creer que aquellas explosiones no procedían de aviones o dirigibles a gran altura, ya que el frente estaba a más de 100 km de la capital. El primer día murieron 256 personas tras la explosión de más de una veintena de proyectiles. El efecto psicológico fue enorme ese día, en que llovía fuego y destrucción desde el aire sin conocer su procedencia.

Contra una idea muy extendida, el cañón fabricado por Krupp que bombardeó París no fue el famoso “Gran Berta”, utilizado en otros frentes. Éste era un obús/mortero de calibre 420 mm, mientras que el Pariser Kanonen era un obús de 240 mm, que batió todas las marcas de alcance artillero hasta entonces conocidas.

El gran Blasco Ibáñez escribió sobre esto: “En occidente es, pues, donde ha de resolverse la lucha universal. Según se desenvuelven los acontecimientos, el destino del mundo debe decidirse inevitablemente y una vez más en los campos de Bélgica, de Francia y de Italia”. Como se decidió de nuevo años después al concluir la 2ª G.M., continuación obligada de la primera. En ambos casos, París aguantó con sangre fría tanto la nueva y sorprendente amenaza artillera de 1918 como la ocupación nazi en 1940, y una vez más su salvación hizo que el mundo respirara con alivio: “Siempre nos quedará París”.