Trabajo y riqueza: la eterna cuestión

La reunión anual de los más poderosos individuos del mundo en el llamado Foro Económico Mundial, en el que este año se ha estrenado Trump, ha dejado, como siempre, una estela maloliente y nefasta para el conjunto de la humanidad.

Se la suele criticar diciendo que es una conferencia donde los personajes más ricos y poderosos del mundo se alojan en unos lujosos y selectos parajes, para hablar de los problemas que afectan a los más pobres del mundo, esos que nunca pisarán Davos ni ningún lugar parecido, salvo los pocos que, ayudados por una inconcebible suerte, alcanzaran la ansiada condición de personal de limpieza.

También como siempre, ha surgido la voz que clama en el desierto, el informe de Oxfam, este año titulado así: “Premiar el trabajo, no la riqueza”. Las más de 90 páginas de su texto se condensan en este subtítulo: “Para poner fin a la crisis de la desigualdad, debemos construir una economía para los trabajadores, no para los ricos y poderosos”.

Los motivos de escándalo que el informe revela son abrumadores y pueden hundir al lector en un profundo pesimismo. El pasado año 2017, el 82% de toda la riqueza generada en el mundo quedó en poder del 1% de la población más enriquecida. Se descubrió además un pequeño error en los datos de hace dos años: el informe decía que 8 personas tenían la misma riqueza que la mitad más pobre de la humanidad; pues no es cierto: son 62 personas. Esto ha sido motivo de alborozo para algunos: ¡los más pobres no son ya tan pobres! Pero no hay nada de lo que alegrarse, como enseguida se verá.

El resumen inicial del informe comienza así: En 2016, el grupo Inditex, al que pertenece la cadena de tiendas de moda Zara, repartió dividendos por valor de cerca de 1300 millones de euros al cuarto hombre más rico del mundo, Amancio Ortega. Stefan Persson, hijo del fundador de H&M y que ocupa el puesto 43 en la lista Forbes de las personas más ricas del mundo, recibió 658 millones de euros en concepto de dividendos el año pasado. 

Anju vive en [Bangladés] y trabaja confeccionando ropa para la exportación. Suele trabajar 12 horas al día hasta muy tarde. A menudo tiene que saltarse comidas porque no ha conseguido suficiente dinero. Gana poco más de 900 dólares al año.

Junto a eso, el año pasado el número de milmillonarios (personas con más de mil millones de dólares) ha alcanzado la cifra récord de 2043, añadiendo un nuevo individuo cada dos días. Nueve de cada diez son hombres. Mientras tanto, la riqueza global del 50% más pobre de la población mundial no ha variado un ápice.

Oxfam aconseja a los dirigentes mundiales que dejen de hablar y den a la gente lo que necesita: un mundo más igualitario. Un directivo británico de la ONG declaró: “La concentración de una enorme riqueza en unos pocos no es un síntoma de progreso de la economía sino el síntoma de un sistema que está fallando a los millones de incansables trabajadores miserablemente pagados que cosen nuestras ropas y producen nuestros alimentos”.

Durante 2017 el espectacular enriquecimiento de los más ricos se basó también en el crecimiento de los mercados financieros. Por ejemplo, el fundador de Amazon vio crecer su fortuna en 6.000 millones de dólares en los primeros diez días de 2017, debido a una gran subida de Wall Street.

Hasta aquí los datos. Las consecuencias serán nefastas y no son pocos los que así piensan. Un anterior juez del tribunal supremo de EE.UU. declaró. “Podemos tener democracia en este país o podemos tener una enorme riqueza concentrada en las manos de unos pocos; pero no podemos tener ambas cosas”. Por otro lado, un analista paquistaní escribió: “La desigualdad crece día tras día. Los trabajadores están frustrados, sus salarios no alcanzan para cubrir sus necesidades básicas. Todo a causa de la creciente brecha entre ricos y pobres que limita las oportunidades para prosperar”.

Esto es un serio problema de ámbito mundial y consecuencias imprevisibles. Desde ese punto de vista es tan trascendental para el futuro de la humanidad como los peligros derivados del cambio climático que ahora empiezan a mostrarse como innegables. A su lado palidecen muchas cuestiones menores que a veces tan desproporcionadamente preocupan a tantos Gobiernos del mundo que no miran más allá de la próxima convocatoria electoral.

El informe de Oxfam no es un texto sagrado e indiscutible, pero su lectura debería formar parte del currículum básico para la formación de ciudadanos responsables.