Los estereotipos en la política

En comentarios anteriores he aludido ya a la European Leadership Network (ELN, Red europea de liderazgo). Fundada en Londres en 2013, es una plataforma para el diálogo a nivel internacional, sin ánimo de lucro y desvinculada de cualquier organización política.

Su lema es: “Reforzar la capacidad de Europa para afrontar los problemas de seguridad del siglo XXI” y su finalidad es “trabajar en favor de una Europa cooperativa y cohesionada y desarrollar la capacidad europea para gestionar los acuciantes problemas relacionados con la política exterior, la defensa y la seguridad”.

Su concepto de Europa es amplio: incluye no solo a la Unión Europea sino también a Albania, Georgia, Noruega, Rusia, Serbia, Turquía, Ucrania y otros Estados de nuestro variado continente.

Se articula como una red de dirigentes, en activo y veteranos, experimentados en los campos de la política, la defensa y la diplomacia, donde se desarrollan trabajos de investigación, se difunden los resultados y se organizan encuentros y conferencias.

El título de su último documento, publicado el 21 de enero, es llamativo: podría traducirse como “Con orgullo y prejuicio: El peligro de los estereotipos en las relaciones entre Rusia y Occidente” (Proud and Prejudiced: The risk of stereotypes in Russia-West relations). Su autor, Joseph Dobbs, es un investigador del ELN especializado en cuestiones de seguridad internacional, que ha profundizado en las relaciones de Occidente con Rusia y China.

El DLE define el estereotipo como la “imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable”. Aunque a Dobbs le preocupan los estereotipos en lo relativo a las relaciones internacionales, también para los españoles deberían ser objeto de atención.

Los estereotipos dificultan el entendimiento mutuo y agravan muchos problemas también en esta España de hoy, la del secular orgullo hispano (¡Soy español, español…! ¡Que inventen ellos…!) y los viejos prejuicios de larga duración y difícil desarraigo (sistemática corrupción de las elites, enconados debates sobre la plurinacionalidad, temor y rechazo a la machadiana “España de la rabia y de la idea”, etc.).

Volviendo al campo internacional, el autor distingue tres estereotipos básicos que oscurecen los dilemas de la seguridad y las relaciones entre Occidente y Rusia:

– Para Occidente, el presidente Putin es un maestro de la táctica pero un terrible estratega: mejor luchador de yudo que jugador de ajedrez.

– El expansionismo del rival. En Rusia las actividades en Europa Oriental antes del conflicto de Ucrania se consideraban una muestra de la voluntad occidental de arrinconar a Rusia. En Occidente, el comportamiento ruso oculta su afán por restablecer un poder imperial. Cada bando ve al otro como más agresivo de lo que se pretende.

– La debilidad mutua. En Rusia no son pocos los que creen que la unidad de Occidente es cosa del pasado y que la UE está cerca del colapso. En Occidente algunos piensan, como anunció Obama, que Rusia está aislada y su economía deshecha.

Los consejos que da el autor, para facilitar el entendimiento entre Occidente y Rusia, serían también de aplicación a otros conflictos, como los que ahora aquejan a España:

– Reconocer el riesgo de los estereotipos, lo que compete a todos, porque la premisa necesaria para resolver un problema es conocer su existencia, como sabe bien cualquiera que luche contra una adicción.

– Dialogar a menudo con los oponentes, lo que mejora el entendimiento mutuo. La comunicación a todos los niveles sociales es lo que mejor rompe los estereotipos.

– Reforzar los organismos capaces de materializar esos diálogos e institucionalizar sistemas independientes de asesoramiento cuando se deban tomar decisiones políticas trascendentes.

El camino es tortuoso y largo. Será necesario un amplio debate entre Occidente y Rusia sobre cuáles son los hechos reales, cuáles las opiniones legítimas y cuáles son los estereotipos. Éstos no se pueden eliminar, porque son factores naturales de la psicología humana, que recurre a visiones simplificadas cuando los datos de un problema son complejos. Pero pueden ser asumidos como una parte de la percepción de la realidad sobre la que ha de basarse cualquier diálogo.

Cuando la política apremia, las próximas elecciones amenazan en el horizonte y la lucha por la hegemonía política se erige en objetivo principal, es difícil exigir frialdad, razonamientos claros y argumentos veraces. Pero sigue siendo necesario que los pueblos, los votantes, sean capaces de distinguir cuáles son los estereotipos falsos que encaminan la política -interior o exterior- por caminos erróneos que en nada van a beneficiarles.