La máquina de la catástrofe final

“Las armas nucleares son como la pistola que guarda en la mesilla de noche un individuo que padece alteraciones violentas de comportamiento, demasiado cerca de su mano en los momentos de pánico o desesperación”.

Esto lo ha escrito Daniel Ellsberg en su último libro. Es aquel famoso analista nuclear de las Fuerzas Armadas de EE.UU. que en 1969 fotocopió una gran colección de documentos secretos relacionados con la guerra de Vietnam, los llamados “Papeles del Pentágono”, que se difundieron en 1971. Estos documentos revelaban la duplicidad y los engaños con que los sucesivos presidentes habían mentido a sus ciudadanos y suscitaron un gran revuelo en EE.UU.

Pero no es Vietnam la cuestión más importante tratada en el citado libro, publicado en 2017 por Ellsberg a los 87 años de edad: The Doomsday Machine: Confessions of a Nuclear War Planner, que pudiera traducirse como “La máquina de la catástrofe final: memorias de un planificador de la guerra nuclear”. Uno de los aspectos más significativos del libro es precisamente la planificación estratégica de las armas nucleares, actividad a la que Ellsberg se aplicó a fondo durante su trabajo en la Corporación RAND.

Lo que puede producir escalofríos a los lectores es conocer desde dentro, de la mano de quien penetró en los más reservados secretos de la estrategia nuclear de EE.UU., algo que todo el mundo ignoraba en aquellos años fatídicos de la guerra fría. Sobre todo en 1962, en torno a la crisis de los misiles cubanos que puso a la humanidad al borde de la catástrofe final.

El plan de ataque nuclear contra el bloque soviético, que Ellsberg descubrió atónito cuando se introdujo en ese mundo, había sido aprobado en 1960. Ha quedado bien comprobado que incluía, entre otras, estas operaciones: al menos 8 armas nucleares simultáneas destruirían Moscú; a la vez, todas las poblaciones rusas de más de 25.000 habitantes recibirían al menos una bomba nuclear. China, sin especificar razones concretas, sufriría el mismo tratamiento. Los planificadores habían previsto hasta las víctimas probables: en los seis meses siguientes al ataque morirían por efecto de las radiaciones unos 380 millones de personas, la mitad de la población de ambos países.

El general LeMay, presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor, era el que había elaborado tan catastrófico plan y sus colegas le apoyaban unánimemente. Además, a él le correspondía decidir el momento del ataque. Horrorizado ante lo que veía, Ellsberg se empeñó en hacer todo lo posible para evitarlo.

Ni el presidente Kennedy ni el secretario de defensa McNamara tenían conocimiento de los detalles del plan. Ellsberg activó todos sus recursos para informarles: “Mi plan consistió en mover algunos papeles desde un despacho a otro de nivel superior”. Cuando Kennedy y McNamara se dieron cuenta de lo que implicaba la frase con la que el presidente había reaccionado al conocer el despliegue de misiles rusos en Cuba, amenazando con una “respuesta total de represalia contra la URSS”, ambos rechazaron inmediatamente el citado plan y las cosas cambiaron para suerte de la humanidad.

Muchos son los detalles que revela este libro sobre los momentos más críticos de la guerra fría en el aspecto nuclear. Sobre todo, hay un fragmento estremecedor que ya señaló McNamara: “No creo que esto es un problema militar… es un problema político doméstico”. Los misiles rusos en Cuba no alteraban mucho el equilibrio nuclear, pero producían otro efecto negativo: Kennedy perdería las próximas elecciones. Esta idea escandalizaba a Ellsberg: ¿qué esperanza de supervivencia para la humanidad podría quedar si los líderes políticos eran capaces de correr el riesgo -aunque fuese mínimo- de exterminar a varios centenares de millones de seres humanos, preocupados por un resultado electoral?

El peligro, para Ellsberg, está en las propias armas nucleares. Muestra en su libro que la decisión de Jruschef de desplazar misiles hasta Cuba y la de Kennedy de impedirlo llevaban irremediablemente a una guerra que ninguno de los dos deseaba. La lógica transparente de los analistas y la esperanza de que la razón prevalecería parecían forzadas a desaparecer bajo la presión de los acontecimientos.

Se diría que hasta el papa Francisco coincide con Ellsberg cuando recientemente ha declarado su temor a las armas nucleares: “Tengo miedo de esto. Si seguimos así, basta un pequeño incidente que la situación puede precipitar. Hay que eliminar las armas”.

Precisamente la prohibición total de las armas nucleares fue comentada en estas páginas el 3 de agosto de 2017 a raíz de una votación en la Asamblea General de la ONU sobre esta cuestión, como expresión de un sentimiento mayoritario de la humanidad. La conclusión final de todo lo anterior está muy clara: poseer armas nucleares es de por sí demasiado peligroso porque esas armas, por su propia naturaleza, constituyen un serio peligro al ser utilizadas. Así de sencillo.