Europa-Rusia: un punto de vista francés

 

Renaud Girard, un aventajado alumno de los más prestigiosos centros de enseñanza de Francia, convertido después en reportero de guerra presente en casi todos los conflictos mundiales de los últimos decenios y analista de política internacional, profesor del Instituto de Estudios Políticos de París, se hizo notar por sus sorprendentes predicciones políticas, como cuando supo anticipar certeramente el peligro del islamismo suní al tiempo que éste era apoyado por las potencias occidentales porque favorecía algunos de sus intereses.

Unas recientes declaraciones suyas sobre las relaciones entre Europa y Rusia, prolíficas en la generación de nuevos titulares, encierran algunas ideas esenciales que deberían hacer reflexionar a los dirigentes políticos occidentales.

A la llegada de Putin al poder, recuerda Girard, las relaciones de Rusia con Europa eran bastante satisfactorias; Rusia formaba parte de numerosas comisiones de la UE y desarrolló un positivo entendimiento con la OTAN. Este ambiente de cooperación se deterioró por dos motivos: las llamadas “revoluciones de color” en los Estados de la desaparecida Unión Soviética y la ampliación de la OTAN hacia el Este.

Girard reconoce la “paranoia” de las élites rusas, producto de la larga historia de un país frecuentemente atacado desde el exterior, con fronteras estratégicamente débiles y siempre temeroso de quedar geopolíticamente aislado. Este es un aspecto ignorado a menudo por la diplomacia occidental, lo que conduce a decisiones desacertadas en muchos casos: “No hemos sabido elaborar una diplomacia que compense esas pulsiones paranoicas”.

La intervención de EE.UU. en la generación y sostenimiento del conflicto ucraniano y la errática posición de Europa con respecto al Gobierno de Kiev encendieron las alarmas en Moscú. Se entiende bien que los países bálticos anexionados por Stalin (situación que no fue reconocida por la mayoría de los Estados occidentales) desconfíen de Rusia y soliciten apoyo de la OTAN. Girard es partidario de la presencia de la aviación militar francesa en ellos, para dar seguridad a su espacio aéreo, y exige firmeza pero también claridad. Insiste en que Europa debe esforzarse en entender el punto de vista ruso.

Para Girard, además, Europa y Rusia tienen un enemigo común que es el totalitarismo islámico, lo que llama el “islamismo suní Aquí el autor se explaya: “Son los que vienen a Francia a matar a nuestros niños en nuestras calles. Si en las estaciones y aeropuertos franceses vemos soldados patrullando con armas de guerra es para hacer frente a esa amenaza. Es una guerra que va a ser larga y nos interesa aliarnos con Rusia para ganarla. Igual que nos aliamos contra el totalitarismo nazi”.

Añade la constatación de que la cultura rusa está enraizada profundamente en la europea: “Creo que he visto más obras teatrales de Chéjov que de autores franceses; Tolstoi y Pushkin son parte de nuestra cultura. Mientras que, a mi pesar, no he leído novelas chinas”. Y añade: “No tenemos ningún interés en alejar a Rusia de Europa y arrojarla a los brazos chinos”, sino resistirnos juntos a la creciente hegemonía comercial de China.

Quizá con cierto idealismo intelectual muy francés, el autor propone un intercambio mutuo: “Rusia puede aportar su fuerza, su tamaño, su valor y sus materias primas; y los franceses, una cosa que a los rusos les falta terriblemente: el Estado de derecho”. Porque si Putin ha recuperado el prestigio internacional para Rusia y ha restablecido el orden interno, para que pase a la Historia como un gran “zar” le falta una tercera tarea: construir en Rusia un Estado de derecho, donde el pueblo confíe en la justicia.

Esta es la tarea que Girard reserva para Francia. Con lúcida perspectiva histórica afirma que se trata del “Gran Juego” estratégico del siglo XXI (recordando la rivalidad entre los imperios ruso y británico durante el s.XIX) y es necesario que las disputas en torno al Mar Negro o en los territorios comprendidos entre el Don y el Dnieper no impidan la reintegración de Rusia a la familia europea.

Concluye así: “Al contrario que EE.UU., que apenas comercia con Rusia, nosotros tenemos un interés inmediato y práctico en la reconciliación ucranio-rusa y europeo-rusa. Desde el Congreso en Washington piensan, porque no les cuesta nada, que mostrarse antirrusos ayuda a la coherencia nacional. Pero nosotros, a causa de nuestra civilización, de nuestras economías y nuestra geografía, tenemos interés en reintegrar en la familia europea a nuestros hermanos rusos”. Al lector español le compete ahora conjugar la visión del experto geopolítico francés con lo que en nuestro país se escucha habitualmente sobre la política exterior en relación con Rusia.