Trump y el Armagedón

 

“La comunidad evangélica de EE.UU. ha quedado extasiada por la decisión de Trump de declarar a Jerusalén como capital de Israel, porque creen que esto hace que el mundo esté más cerca del Armagedón”. Así se presenta en el diario israelí Haaretz (11/12/2017) un artículo de la escritora y periodista Allison Kaplan Sommer, titulado Armageddon? Bring It On: The Evangelical Force Behind Trump’s Jerusalem Speech, que pudiera traducirse como “¿El Armagedón? ¡A por él! Las fuerzas evangélicas que apoyan el discurso de Trump sobre Jerusalén”. Merece la pena ponerlo al alcance de los lectores de este diario, aunque sea parcialmente.

Recordemos, en atención a los lectores españoles no tan saturados de espíritu bíblico como lo está una parte no desdeñable del pueblo estadounidense, que Armagedón es originalmente un topónimo hebreo citado en el Apocalipsis, con el que se suele aludir al día del “fin del mundo” o del “juicio final”, que será precedido de insólitas catástrofes y batallas, y seguido por la llegada definitiva de Cristo como rey a la Tierra. O algo parecido; no pretendo entrar en abstrusas precisiones teológicas sino aclarar los términos utilizados para entender mejor el complejo rompecabezas centrado en Jerusalén.

El asunto consiste en que la decisión del Presidente de EE.UU. de trasladar su embajada -ahora en Tel Aviv- a una ciudad, como Jerusalén, de profundas y complejas raíces históricas y culturales para hebreos, palestinos (musulmanes) y cristianos, aunque obedezca a razones puramente políticas o incluso electorales, ha puesto de relieve un factor religioso que desde la perspectiva laica predominante en la política europea llama mucho la atención y causa no poca perplejidad.

Un popular periodista de la Red de Emisoras Cristianas de EE.UU. hizo sonar la alarma: “En el mundo evangélico, el presidente Trump siempre ha cumplido. Ahora, con su decisión de llevar la embajada a Jerusalén, se consolida como el presidente más ‘evangélicamente amistoso’ de todos los tiempos”. No lo es solo en política interior, como cuando se opone al aborto o nombra jueces ultraconservadores, sino también en cuestiones de política exterior, como se acaba de mostrar.

La autora del artículo comentado opina que el amor de Trump por Israel se debe a que los votantes evangélicos son el eje básico de su pequeña pero sólida base de adictos, como se mostró en las pasadas elecciones, donde un 81% de evangélicos le votaron; incluso más que los que anteriormente habían apoyado a su correligionario George W. Bush.

Lo más sorprendente viene ahora. La cohesionada comunidad evangélica de EE.UU. desea ver a Jerusalén en poder de los israelíes por razones puramente religiosas, por lo que Trump y sus asesores han menospreciado la previsible reacción violenta del pueblo palestino, que ya ha empezado a tomar forma y ha producido las primeras bajas mortales.

Una afamada comentarista de televisión, especializada en asuntos religiosos, explicó que la reconstrucción del Templo sería lo que iniciaría los “últimos días” bíblicos, cuando los muertos y los vivos serán llevados ante Dios para ser juzgados. Los evangelistas llevan tiempo rezando para que esto ocurra y, como condición necesaria, “necesitan la guerra en Oriente Medio. La batalla de Armagedón, cuando Cristo vuelva a la Tierra y derrote a los enemigos de Dios. Para algunos evangelistas será el clímax de la Historia y es Trump el que está ayudándoles a alcanzarlo”. Para ellos, si la decisión de Trump pone en peligro la paz en Palestina y Oriente Medio es cosa irrelevante: “La paz en este mundo no importa nada”.

Pero la paz y la guerra, a pesar del fanatismo evangélico y su nefasta influencia en la política estadounidense, siguen siendo un problema básico para la humanidad, que la decisión de Trump ha agravado considerablemente. Con ella, EE.UU. ha dejado de tener un papel esencial para resolver el enconado conflicto entre Palestina e Israel, y abre un espacio libre al actual Gobierno israelí para dar al traste con cualquier esperanza que le quede al pueblo palestino para alcanzar su soberanía, por limitada y frágil que sea.

Todo parecía indicar que las llamadas “guerras de religión” no eran sino la máscara de conflictos bélicos que, aprovechando las rivalidades religiosas, buscaban el poder político, militar, económico, diplomático, etc. Así ha sido en la mayor parte de la historia de la humanidad. Por eso sorprende que -como se recuerda en el artículo comentado- en un programa televisivo en EE.UU. se oiga decir: “Abraham, Isaac y Jacob, como se lee en el Génesis, recibieron de Dios una franja de terreno en Oriente Medio, con la promesa de que sería siempre para ellos. Siempre significa hoy, mañana y… siempre”.

Ante tan contundente argumento, toda racionalidad desaparece y la política queda embebida en la superstición. La llegada de Trump a la Casa Blanca parece haber puesto las bases de una tendencia capaz de barrer los residuos de la Ilustración y la Razón que los fundadores de EE.UU. implantaron en las tierras americanas.