Noam Chomsky vuelve a la carga

 

La financiación de las campañas electorales en EE.UU. por las grandes empresas no tiene como única finalidad el triunfo de un candidato. Financiarle su campaña es el modo de “comprar su accesibilidad”, cosa que está muy clara para los que así actúan, ya que él estará siempre disponible para ellos porque quiere seguir recibiendo su apoyo financiero.

Así, si triunfa el candidato apoyado, es evidente que los abogados de la corporación que tanto ha contribuido a su éxito pasarán a formar parte del nuevo equipo legislativo, es decir, de los que redactan las leyes: “Los legisladores ni siquiera suelen saber qué pasa, pero las personas que en realidad hacen el trabajo -los abogados de la corporación en cuestión- los inundan de supuestos datos, argumentos y toneladas de material; básicamente son ellos quienes escriben las leyes. De modo que las políticas resultantes son las que han redactado los grupos de presión y los abogados de las grandes empresas, que han accedido a ese poder mediante la financiación”.

Hasta aquí, la breve y clara explicación, incluida por Noam Chomsky en su último libro “Réquiem por el sueño americano”, sobre cómo funciona el sistema electoral de EE.UU. Se incluyen en el texto opiniones igualmente certeras sobre otros asuntos, porque la base de la argumentación del filósofo y lingüista estadounidense en este breve pero enjundioso manual es el análisis de los factores que llevan a una creciente concentración de la riqueza y el poder en manos de un reducido sector de la población: el ya famoso “uno por ciento”.

Este fenómeno, que en EE.UU. implica, como muestra el autor, la desaparición del aquel sueño con el que tantos inmigrantes pisaban la tierra norteamericana (“Somos pobres de solemnidad pero trabajaremos mucho y saldremos adelante, tendremos casa, coche, nuestros hijos estudiarán…”), lleva a que en ese país y en el resto del mundo aumente exponencialmente la desigualdad social y económica y sufran un grave deterioro las ventajas del Estado del bienestar. Durante los últimos treinta años, afirma Chomsky, “el programa de Gobierno en EE.UU. se ha modificado completamente en contra de la voluntad de la mayoría para proporcionar ingentes beneficios a los superricos”.

Pero para llegar a esta situación se han ido produciendo ciertas transformaciones que afectan a casi todos los ámbitos de la vida ciudadana y que Chomsky resumen en diez principios que la extensión de este comentario impide reseñar detalladamente. Así, por ejemplo, la democracia es un obstáculo a soslayar en ciertas circunstancias porque puede ser un peligro para los opulentos. Para evitar el peligro del “exceso de democracia”, nada más necesario que la educación y el adoctrinamiento desde la juventud, lo que se logra menoscabando la enseñanza pública y reforzando la concertada.

Sobre la influencia y el poder de los medios de comunicación, Chomsky recuerda que la democracia (como la economía) se basa en la existencia de ciudadanos informados que toman decisiones racionales. Pero “la industria de las relaciones públicas dirige las campañas [electorales] de modo que todo es pompa, ostentación, ilusión y famosos”. Y como sobre los asuntos realmente importantes hay siempre gran discrepancia entre las políticas adoptadas por el Gobierno y la opinión pública, “es preferible dirigir la atención de la población a temas marginales”. Así se logra que la población sea espectadora y no participante; que sea marginalizada y atomizada para dejar actuar a sus gobernantes al servicio de los que ejercen el verdadero poder: “los amos de la humanidad”.

Estos son los diez factores que, según Chomsky, han contribuido a la situación actual:

– Reducir la democracia, para proteger de la mayoría a la minoría opulenta;

– Modelar la ideología, criminalizando la crítica;

– Rediseñar la economía, que pasa de productiva a financiera;

– Desplazar la carga fiscal, descargando a los poderosos;

– Atacar la solidaridad, privatizando servicios que los ricos no necesitan;

– Controlar las entidades reguladoras, para que los que mandan se controlen a sí mismos;

– Manipular las elecciones, como se acaba de ver;

– Someter a la plebe, atacando a los sindicatos y quebrando la conciencia de clase;

– Fabricar el consenso mediante la desinformación, y

– Marginar a la población.

Aunque el análisis se basa en la realidad estadounidense, mucho de lo que el autor ataca es aplicable a otros países y el lector encontrará opiniones críticas directamente transplantables a la sociedad española, fiel seguidora de las costumbres importadas del imperio ultramarino, desde los blue jeans al halloween.

El libro comentado es una especie de “Manifiesto contra la desigualdad” y no puede dejar impasible a quien lo lea. Otra cosa es encontrar y articular la contraofensiva. Este es el párrafo final: “Lo que importa son las pequeñas hazañas de personas anónimas que pusieron los cimientos para los sucesos trascendentes de la historia. Esas personas anónimas consiguieron modificar las cosas en el pasado. Y son quienes lo conseguirán en el futuro”.