Unamuno frente a Trump

 

Un 12 de octubre de 1936 (fecha que por entonces se conocía como la Fiesta de la Raza) mi paisano, el bilbaíno Miguel de Unamuno, presidía la inauguración del curso académico en la Universidad de Salamanca. Por entonces, la rebelión militar iniciada en julio se había convertido en la Guerra Civil española y Salamanca era la capital de los sublevados.

En agosto del mismo año, el Gobierno de la República le había destituido como rector vitalicio de la citada Universidad por no haber “respondido en el momento presente a la lealtad a quien estaba obligado, sumándose de modo público a la facción en armas”. De hecho, Unamuno, desengañado de la República, creyó ver en la sublevación un intento de regenerar España y se adhirió a ella. Poco le duró el deslumbramiento.

El general Millán Astray, que con la esposa del general Franco y otras autoridades locales asistía a la ceremonia, la interrumpió al grito de “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!”, coreado con entusiasmo por el público entre otros alaridos patrióticos al uso en aquella época.

El cabalmente llamado “vasco universal” no se arredró ante el estallido del exaltado griterío y se irguió para terminar su discurso con estas palabras: “Este es el templo de la inteligencia y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”. Aislado, solo y bajo arresto domiciliario, el autor de Niebla y de Paz en la guerra falleció en Salamanca el último día de 1936.

Otro profesor, novelista y poeta, tenaz defensor de los derechos humanos y a su modo también “americano universal” (pues es ciudadano chileno, estadounidense y argentino), Ariel Dorfman, ha aludido al incidente salmantino de Unamuno en su último artículo en The New York Review (12-10-2017), donde escribe sobre la guerra que Trump ha declarado al conocimiento (Trump’s War on Knowledge).

Trump, al modo de Millán Astray, también ha declarado la guerra a la inteligencia, y las palabras del fundador de La Legión las utiliza el autor de La muerte y la doncella para advertir que tan absurda y estúpida proclama hubiera sido objeto de mofa si no hubiera resonado en una Europa donde los nazis quemaban bibliotecas y, con sus aliados, los fascistas italianos, forzaban al exilio a tantos artistas, científicos y escritores de renombre.

Explica así la relación entre ambos casos: “Me siento obligado a evocar las palabras que Millán Astray pronunció hace ochenta y un años en Salamanca, porque creo que han alcanzado una extraña relevancia hoy en [EE.UU. …] donde todavía se afronta un asalto al discurso racional, al conocimiento científico y a la verdad objetiva. Y esta guerra a la inteligencia, a pesar de las edulcoradas beaterías de los que la ejecutan, va a causar muchas muertes”.

Dorfman reconoce que siempre ha existido una preocupante tendencia antiintelectual en EE.UU., pero opina que nunca un ocupante de la Casa Blanca había mostrado una combinación tan tóxica de ignorancia y mendacidad, tanta falta de curiosidad intelectual y tanto menosprecio por el análisis riguroso.

Es cierto que el odio a la actividad intelectual no es exclusivo de la extrema derecha, como muestran los campos de exterminio de Pol Pot o los guardias rojos de Mao Zedong. Pero el poder y la influencia del Gobierno de EE.UU. pueden causar efectos aún más destructivos.

Trump declaró durante la campaña electoral: “Los expertos son terribles. Mirad el embrollo en el que estamos por esos expertos que tenemos”. Y a continuación empezaron los recortes en institutos de investigación de todos los ámbitos y los nombramientos de cargos sin tener en cuenta sus méritos profesionales. Dorfman piensa que la salud de muchos millones de ciudadanos sufrirá por la supresión de los controles de la contaminación de la atmósfera y las aguas.

La amenaza de Trump de “destruir totalmente” a Corea del Norte soslaya las Convenciones de Ginebra, las conclusiones del tribunal de Nuremberg y la Carta de Naciones Unidas. Indigna a Dorfman que tan culpable estupidez, producto de su supina ignorancia, no haya rebelado ya a sus conciudadanos.

A modo de conclusión, el autor resume la frase del intelectual bilbaíno: “Venceréis pero no convenceréis”. Recuerda que, tras esas palabras, probablemente hubiera sido atacado por los matones fascistas si la esposa de Franco no lo hubiera acompañado en la salida. Cree que hoy, sin temor a una violencia inmediata, hay que adoptar las palabras de Unamuno y creer que la inteligencia, que ha permitido a la humanidad extraordinarios avances médicos, científicos y culturales, nos seguirá salvando. La ciencia y la razón demostrarán que no se puede vencer fácilmente a la verdad. Concluye así: “A los que repudian la inteligencia hemos de decirles que no nos vencerán y nosotros encontraremos la forma de convencerles”.