Las armas siguen matando en EE.UU.

Tras el sangriento tiroteo del pasado 1 de octubre en Las Vegas (Nevada, EE.UU.), donde un solo individuo armado causó más de medio centenar de víctimas mortales y más de medio millar de heridos entre el público que asistía a un festival musical, el eterno debate sobre el derecho a usar armas personales vuelve a cobrar vigencia en ese país.

Los asesinatos masivos reclaman la atención de los medios de comunicación y, por tanto, reavivan el interés del público. Sin embargo, no constituyen la esencia del problema que plantea el uso privado de las armas de fuego porque, según datos del FBI, de las más de 325.000 personas que perecieron a tiros entre 1983 y 2012, solo 547 lo hicieron en tiroteos múltiples que produjeron cuatro o más víctimas.

Los letales resultados de las laxas legislaciones sobre el uso de armas en la mayoría de los Estados de EE.UU. no son tanto los asesinatos múltiples sino los frecuentes -y, en algunos lugares, habituales- tiroteos de reducido ámbito. Solo en Chicago han muerto ya a balazos 1650 personas en la primera mitad de 2017.

Las armas de fuego personales no son solo un instrumento común en rivalidades de bandas callejeras, ajustes de cuentas o asesinatos masivos. En 2013, de las casi 40.000 personas que murieron de un disparo, las dos terceras partes se suicidaron. La proliferación de armas ligeras al alcance de cualquiera que desee poseerlas las convierten en un medio fácil para los que quieren poner fin a su vida.

Entre los diversos comentarios que los medios de comunicación de EE.UU. han publicado en relación con esa última matanza se advierte que entre la población blanca no es extraña la idea de que solo se alcanzará la paz urbana “cuando haya más personas buenas que malas portando armas”. Expresión que hace ya muchos años pude escuchar de modo habitual en varias familias de Texas, respetables y religiosas.

Las armas nos hacen libres, es el argumento básico de la National Rifle Association (NRA), una organización con cinco millones de asociados de pago y a la que muchos otros millones de estadounidenses siguen y apoyan fielmente. Su influencia política se extiende a todos los niveles, porque sostiene a los candidatos locales, estatales o federales que son favorables a sus planteamientos, a la vez que desencadena campañas de hostigamiento contra los partidarios de endurecer el control de las armas privadas.

Pero las armas no hacen libres a los ciudadanos de EE.UU. Como expone Firmin DeBrabender en su libro Do Guns Make Us Free? (¿Nos hacen libres las armas?), las armas hacen insegura y temerosa a la población e incapaz de implicarse en una discusión pública y colectiva en pro del bien común: “Las armas no nos liberan del miedo. Son un síntoma del dominio del miedo sobre la sociedad”. Y la desaparición de un espacio para debatirlo es una amenaza a la democracia.

Sin embargo, el autor se ve obligado a reconocer que la NRA no ha alcanzado el lugar preponderante que ocupa en la sociedad estadounidense porque sus miembros armados representen una amenaza para el pueblo, sino porque recurre a los métodos habituales de la democracia: debate, diálogo, grupos de presión y campañas electorales. Es un enemigo difícil de batir por los grupos y asociaciones que pugnan por que EE.UU. intente imitar a la mayoría de los países europeos en la legislación para control y tenencia privada de armas de fuego.

La industria del armamento es también otro rival duro de roer, como lo es una cultura nacional bien arraigada, que contribuye a que los ciudadanos deseen poseer armas por muy variadas razones. La protección personal contra peligros reales o supuestos es la más decisiva, sancionada incluso por la Corte Suprema.

Todo parece indicar que la situación actual se mantendrá largo tiempo porque las armas son un componente arraigado en la cultura nacional, con el que la NRA sintoniza con habilidad, exagerando las amenazas y promoviendo el apoyo formalmente democrático a su ideología. Es de temer que las armas de fuego seguirán matando ciudadanos de EE.UU. a menos que algún factor, hoy impredecible, llegara a inducir una revolución cultural que no pasa de ser un sueño.