Entre Arabia Saudí y la Sección Femenina

 

El rey Salman de Arabia Saudí ha derogado la prohibición de conducir automóviles impuesta a las mujeres de su país, el único Estado del mundo que tan drásticamente ha venido limitando los derechos más elementales de la mitad de su población.

Todo parece indicar que esta innovación, que tendrá efecto a partir de junio de 2018, obedece a la campaña de modernización que pretende llevar a cabo el príncipe heredero Mohamed bin Salman para impulsar una economía renqueante, basada en la exportación de productos petrolíferos, y para hacer frente a las críticas que desde el extranjero se hacen a la medieval y teocrática monarquía saudí.

Esto no indica, ni mucho menos, que las mujeres saudíes irrumpan en un mundo de libertades, al que, por otra parte, una opresiva tradición y una tiránica educación social y familiar les dificultará y lentificará el acceso.

Seguirán estando sometidas al sistema de guardianes masculinos. Ninguna mujer puede tomar por sí misma ciertas decisiones, como el matrimonio, ni solicitar un pasaporte, viajar libremente, acudir a tratamientos médicos o buscar un empleo. Para todo eso necesitan la aprobación de un varón de la familia o legalmente designado. Sin embargo, estarán dispensadas de este requisito para obtener el permiso de conducir y para utilizar su propio automóvil. En circunstancias muy especiales y concretas, algunas mujeres pueden recurrir a los servicios asistenciales, sanitarios o educativos sin el permiso del guardián masculino.

Ser capaces de conducir un automóvil por sí mismas tampoco las salva de que, ante los tribunales de justicia, su testimonio valga exactamente la mitad que el de cualquier hombre, aunque ya no necesitarán la presencia del guardián familiar para identificarse ante el juez. Tampoco las liberará de los estrictos códigos de vestimenta ni de la segregación por sexos en restaurantes y otras actividades de ocio, donde no pueden convivir hombres y mujeres no emparentados.

Las repercusiones de esta decisión real pueden ser bastante importantes. Para empezar, la numerosa mano de obra procedente de Filipinas y otros países asiáticos, que como chóferes cubre las necesidades de transporte de todas las mujeres, se encontrará en el paro en cuanto la nueva legislación entre en vigor. Cesará el envío de dinero a sus familias, con lo que mejorará la balanza de pagos saudí en detrimento de las de sus países de origen, que hasta hoy recibían una sustancial aportación en divisas. Muchos emigrados regresarán y el desempleo se agravará en ellos.

Por otro lado, las familias saudíes experimentarán un aumento del poder adquisitivo al prescindir del sueldo del conductor asignado a las mujeres aunque éstas no trabajen, lo que mejorará sobre todo a las familias con ingresos medios o bajos.

De modo global, y a más largo plazo, la mayor movilidad de las mujeres dará un nuevo impulso a la economía del país, pues éstas se incorporarán a la fuerza de trabajo de forma creciente. Muchas de las que hubieran buscado empleo en el pequeño comercio no podían acceder a sus puestos de trabajo por la necesidad de pagar el transporte. Otros obstáculos menos perceptibles pueden frenar, no obstante, el deseado aumento de la actividad económica: muchas mujeres se resisten a viajar solas en el metro y a moverse por la calle sin su guardián masculino, por falta de costumbre y por la presión de los grupos religiosos.

No se rasgue el lector las vestiduras, indignado por la humillante sumisión femenina en el mundo islámico. Durante los años 40 y 50 del pasado siglo, la llamada “Sección Femenina”, dirigida por la inolvidable Pilar Primo de Rivera, estableció y difundió las reglas de la “mujer ideal” para las españolas. Entre ellas figuraban este axioma: “Las mujeres nunca descubren nada, les falta el talento creador reservado por Dios para las inteligencias varoniles”.

Por si esto no revelase con claridad la exigencia de una honda sumisión intelectual de la mujer, se añadía otra definición contundente del carácter femenino: “La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ellas quieran simular -o disimular- no es más que un eterno deseo de encontrar a quien someterse”. ¿Puede expresarse con mayor claridad? Pues esto no venía impuesto por el islam sino por la ideología que habría de configurar la entonces llamada “nueva España”.

Quizá para añadir un toque de modernismo, se incluía un consejo para la sexualidad matrimonial: Si el marido “sugiere la unión, accede humildemente, teniendo en cuenta que su satisfacción es más importante que la de una mujer. Cuando alcance el momento culminante, un pequeño gemido por tu parte es suficiente…”.

Es de desear que el mundo femenino saudí sea capaz de recorrer el mismo camino que llevó a las mujeres españolas desde la sombra de la Falange y su Sección Femenina hasta la luz de la democracia y los derechos humanos.