La guerra y la democracia

 


Como hace poco recordaba en TomDispatch.com (12/09/2017) el coronel retirado de la Fuerza Aérea de EE.UU. y profesor universitario de Historia William J. Astore, la totalidad del planeta es hoy un simple campo de operaciones o de entrenamiento para las fuerzas armadas de EE.UU.

Una vez desaparecida en 1991 la bipolaridad geopolítica que había mantenido al mundo en un peligroso equilibrio armado, y concluida de ese modo la rivalidad absoluta que mantenían entre sí EE.UU. y la URSS, la “estructura imperial” que había construido Washington para enfrentarse a la expansión del mundo comunista no se redujo para readaptarse a la nueva situación sino que, por el contrario, se ha ido extendiendo y fortaleciendo sin interrupción hasta hoy.

Unas 800 bases militares estadounidenses de todo tipo (desde enormes complejos aeronavales hasta secretas estaciones de vigilancia electrónica) rodean el globo terrestre mientras las sutiles fuerzas de operaciones especiales (los “comandos” o “boinas verdes”) operan discretamente en más de 130 países durante un solo año.

Astore escribe que “ni siquiera el mundo es suficiente para el Pentágono, pues no solo desea dominar la tierra, el mar y el aire, sino también el espacio exterior, el ciberespacio y hasta el ‘espacio interior’, si se tienen en cuenta las 17 agencias de inteligencia informativa que recopilan datos en todo el planeta con un coste anual de 80.000 millones de dólares”.

La conclusión que Astore extrae de todo lo anterior es contundente: “Las tropas de EE.UU. están en todas partes y no triunfan en ninguna”. A pesar de los grandes avances tecnológicos, poco han cambiado desde los tiempos de Vietnam: el abrumador uso de un enorme poder de fuego (como la gigantesca bomba que Trump lanzó en abril sobre un pequeño grupo de yihadistas en Afganistán) contra enemigos dispersos y escurridizos no llevó a la victoria en Saigón a pesar del napalm y los bombardeos “en alfombra”, como tampoco ha ocurrido en Irak ni en Afganistán.

La descomunal potencia de fuego habitual en las fuerzas armadas de EE.UU. tiene como objetivo principal, en teoría, ahorrar vidas de soldados. Soldados propios, naturalmente, porque el otro procedimiento para lograr lo mismo, es decir, el recurrir a los ejércitos locales, entrenándolos y suministrándoles armas y equipo, resultó tan inútil en las selvas vietnamitas como lo está siendo en las tierras mesopotámicas.

Pero ahora las circunstancias son otras. Ya no es solo EE.UU. el actor, único y exclusivo, que “al operar crea nuevas realidades” a las que el mundo ha de adaptarse por fuerza, como en 2002 aseguró Karl Rove, destacado asesor del presidente Bush. Otras potencias también lo empiezan a hacer a su modo y de forma más ostensible, como China y Rusia.

El analista internacional Mariano Aguirre se refiere a lo anterior en su último libro (“Salto al vacío”, Icaria 2017), cuyo subtítulo es muy significativo: “Crisis y declive de EE.UU.”. Aguirre afirma que en el actual escenario internacional “el mayor peligro es que EE.UU. se lance a acciones militares sin tener estrategias para cada situación, volviendo a su inercia tradicional de usar la fuerza sin medir la consecuencias”.

En esas estamos, con un presidente de EE.UU. cuya inexperiencia política y propensión a los métodos expeditivos para resolver problemas complejos, unidas a su admiración por lo militar, parecen estar sembrando de minas el vasto territorio geopolítico que hoy preocupa a la humanidad. Desde el Báltico al Pacífico aumentan los puntos de conflicto.

Acertaba de lleno en un reciente artículo (El País, 15/09/17) el periodista Carlos Yárnoz al asegurar que “Rusia tiene motivos para sentirse amenazada” por el continuo avance territorial de la OTAN (que en este caso estimo que está actuando como un peón de la política militar de EE.UU.) hacia sus fronteras, de modo que los Estados-tampón que durante la Guerra Fría se interponían entre ambos bloques han desaparecido y hoy una simple alambrada separa a los que todavía pueden considerarse bloques antagonistas.

Destaco como conclusión de este breve análisis una frase, citada por Astore, de James Madison, uno de los padres de la Constitución de EE.UU. y 4º Presidente del país: “Ninguna nación puede preservar su libertad en medio de una guerra continua”. La guerra prolongada supone el fin de la democracia, esa “especie amenazada” aunque todavía no en “peligro de extinción”, contra la que hoy en todo el mundo se alzan violentas tendencias autoritarias, teocráticas, xenófobas, neonazis y fascistas que parecían relegadas al desván de la Historia. La experiencia más reciente ha mostrado de sobra que mediante la guerra no se puede imponer la democracia; añadamos a esto el hecho comprobado de que la guerra, suficientemente prolongada, es además su enemigo mortal.