Calenturas veraniegas

Los atentados terroristas que ha padecido Cataluña, en combinación con la persistente y atosigante ola de calor que invade el territorio español, parecen haber provocado graves calenturas en bastantes de las numerosas mentes pensantes y opinantes que estos días se están desfogando a través de los medios de comunicación. Medios que, por otra parte, al tener de vacaciones a sus figuras más relevantes, por lo que se ve, parecen haber tenido que recurrir urgentemente a corresponsales, enviados especiales y escritores convocados a toda prisa para cubrir sobre el terreno los últimos sucesos.

En una cadena de radio, una supuesta enviada especial declaró que el imam, cuyos restos se han encontrado en las ruinas del chalé que voló como consecuencia de una explosión, había “lavado la cabeza” a los terroristas con sus exaltadas predicaciones salafistas. Si bien las reglas coránicas prescriben lavados y otras purificaciones en relación con los rezos, ninguna de ellas parece que haya de requerir los servicios de una peluquería: se supone que querría referirse a “lavar el cerebro”, expresión incluida en el Diccionario de la Lengua Española, ese texto tan ignorado por muchos de los que se sirven de la palabra como instrumento de su profesión.

La obsesión por separar claramente lo supuesto de lo real, utilizando a mansalva el adjetivo “presunto”, llevó a otro “supuesto” periodista a aludir a una “presunta furgoneta” situada en tal o cual lugar. Y no hablemos ya del abrumador uso del tiempo condicional: el terrorista “habría” huido… ¿Qué quiere decir eso? El terrorista huyó o no huyó. Si hay duda sobre ello, se dice así y hay muchos modos de expresarlo: “Se duda si el terrorista…” “Parece ser…” “Es posible…”.

Pero dejando a un lado el ya habitual desprecio de muchos medios por nuestro maltratado idioma, la calentura veraniega alcanza otros aspectos más serios cuando se trata de discutir sobre las causas del terrorismo y el modo de hacerle frente.

Ávidas por alcanzar la máxima audiencia televisiva, las tertulias son ejemplo de esto. ¿Qué fue lo que más influyó en el atentado barcelonés? es pregunta que irreflexivamente lanza a sus invitados cualquier presentador para abrir boca. Para unos fue la falta de obstáculos físicos que dificultaran el masivo atropello; algún exaltado culpa con saña a la alcaldesa de Barcelona por “allanar el camino” al terrorismo al no haber instalado bolardos en Las Ramblas. Para otros fue el inherente fanatismo de los neoconversos al salafismo.

¿Es que puede haber dudas racionales sobre este asunto? Ponga usted obstáculos físicos en un paseo o avenida y ya buscarán ellos otros de los innumerables espacios accesibles en cualquier ciudad. Algunos parecen olvidar que el verdadero núcleo de esta cuestión -de mucho mayor calado que los dichosos bolardos- reside en las enloquecidas doctrinas que han iluminado a los terroristas, lo que inevitablemente nos lleva al Estado que las financia, difunde y patrocina: Arabia Saudí.

No cabe una comparación racional, en lo que a culpabilidad se refiere, entre la monarquía saudí y el ayuntamiento barcelonés, a menos de sufrir la calentura veraniega. Lo demás es simple retórica tertuliana. Y al referirnos a Arabia Saudí y, en su caso, también a Catar, tampoco conviene olvidar a todos los Estados -incluida España- que la apoyan y que se benefician y se aprovechan de los ingentes recursos naturales a disposición del teocrático y medieval régimen que la gobierna.

Ampliando la lente observadora ¿es posible, además, olvidar el hecho de que la delirante irrupción de las armas occidentales en Oriente Medio tras los atentados del 11-S (después de la 1ª Guerra de Irak en 1990-91) fue uno de los factores que más ha alimentado el terrorismo universal? No basta con atribuir a los textos coránicos la raíz de la violencia, aunque esto sea parcialmente cierto o discutible. Hay muchas otras raíces claramente observables y mal comienzo tendría el esfuerzo universal contra el terrorismo si las ignorara, porque de lo que se trata es de “conocer al adversario” para mejor neutralizarlo. Que se incluya al Gobierno de Teherán en la lista negra de los culpables y por análogo motivo no se haga lo mismo con la monarquía saudí es un error de partida que solo conducirá a nuevos errores multiplicados.

Para terminar, ¿qué cree Trump que va a conseguir aumentando el contingente de soldados estadounidenses en Afganistán, como acaba de anunciar? Puede ocurrir que extermine a algunos núcleos terroristas allí residentes, pero al precio de difundir sus restos a modo de metástasis por otros países, donde inevitablemente arraigarán y proliferarán, y de generar hondos sentimientos de venganza en las jóvenes generaciones de musulmanes. ¿Tan pronto ha olvidado el pensamiento occidental las lecciones de la Historia más reciente para dejarse guiar ciegamente por las irreflexivas intuiciones del pintoresco ocupante del Despacho Oval?