La democracia encadenada

Una reposada relectura de algunos de los asuntos más tratados por los medios de comunicación en todo el mundo durante los últimos tiempos induciría a extractar unas cuestiones de amplitud universal y de efectos muy trascendentes para toda la humanidad:

– El cambio climático, consecuencia del descontrolado calentamiento global, que hará inhabitables muchos territorios;

– La explosión demográfica, muy acelerada en las regiones más empobrecidas y pobladas del planeta, con nefastas consecuencias sociales y económicas;

– La progresiva extinción de muchas especies y el desplazamiento geográfico de las supervivientes, agravando los problemas de subsistencia de los pueblos.

A su lado, palidecen y cobran sus verdaderas dimensiones los pequeños problemas regionales de esas entidades político-sociales artificialmente construidas por los seres humanos a lo largo de su evolución, que hoy son los Estados y antes fueron tribus, clanes, reinos, imperios o tiranías.

El Brexit que agita a Europa; la discutida idea de plurinacionalidad que trastorna a los españoles; la corrupción de los que manejan los caudales públicos en numerosos países; el terrorismo y la supuesta guerra total contra él; los problemas causados por la inmigración en todos los continentes y, en consecuencia, la creciente xenofobia que desgarra a la humanidad; las pintorescas, pero peligrosas, andanzas de ciertos singulares personajes con las que los medios de comunicación nos bombardean a diario (Trump, Maduro, Putin, Kim Jong-un, etc. sin olvidar algunos inefables políticos locales de cada nación); y hasta las guerras y las amenazas con destructivas armas…

Todo esto pasa a un segundo plano cuando se consideran los efectos de los tres fenómenos antes citados.

Estos tienen raíces científicamente cuantificables, físicas, biológicas y sociales pero, como es natural, todos ellos podrían sen controlados y manejados desde la actividad política de los Gobiernos, para atenuar o invertir sus dañinos efectos sobre la humanidad. No merece la pena insistir en ellos, hoy tan popularizados y al alcance de todos.

Pero sí conviene alertar a la humanidad sobre un cuarto fenómeno, mucho menos visible, que unido a los anteriores formarían los cuatro jinetes del Apocalipsis que galoparán a rienda suelta por el planeta a mediados del presente siglo si no se toman medidas para impedirlo:

– La ostensible debilitación de la democracia capitalista que abre camino a un nuevo capitalismo totalitario.

A esto alude el último libro de la historiadora estadounidense Nancy MacLean: Democracy in Chains: The Deep History of the Radical Right’s Stealth Plan for America (en traducción aproximada: “La democracia encadenada: la historia profunda del sigiloso plan de la derecha radical en EE.UU.”).

Los que somos reacios a creer en ocultas conspiraciones internacionales (como aquellos ridículos “Protocolos de los Sabios de Sión” que encandilaron a los ideólogos de la España franquista) tendemos a poner en duda el hecho de que exista “un plan” con el objetivo de deteriorar y destruir la democracia (en EE.UU. y en el resto del mundo), pero hemos de aceptar que los efectos hasta hoy observados son idénticos a los que se producirían de existir ese plan, como muestra la autora del libro.

No entro en pormenores en este breve comentario, pero los pasos descritos por la historiadora son elocuentes. Ya en el s. XIX se extendió la idea de que la libertad consiste en el derecho absoluto a disponer de la propiedad privada (incluyendo los esclavos) y cualquier intromisión externa significa explotar a los propietarios en beneficio de unas masas que no se lo merecen.

Posteriores defensores de estas teorías afirman sin rodeos que “cualquier choque entre la libertad y la democracia debe resolverse en favor de la primera”, lo que conduce a que “el despotismo sea la única alternativa política que defiende a los que poseen”.

Un breve resumen de las medidas que llevan a esta situación incluye: escuelas privadas y estudios avanzados, solo para los que puedan pagarlos; privatizaciones generalizadas, como la universidad y los servicios sociales; imposición de austeridad y restricciones monetarias; ruptura de los vínculos de confianza entre los pueblos y sus Gobiernos y desprestigio de las instituciones públicas. En resumen: “salvar al capitalismo de los peligros de la democracia”.

Todo ello, según el “plan”, habría de hacerse por pasos cautelosos; así, para destruir la seguridad social se haría ver que se trata de “reformarla para mejorarla”. Como escribe Monbiot en The Guardian Weekly, “La libertad económica de los multimillonarios implica pobreza, inseguridad, contaminación y destrucción de los servicios públicos para todos los demás”. Y como esto no es aceptable para los votantes, estos necesitan ser engañados y, si es preciso, coaccionados, es decir, sometidos al “capitalismo totalitario”.

Este cuarto jinete del Apocalipsis, a diferencia de los otros tres, es de naturaleza exclusivamente política: no admite discusiones científicas. Pero, como ellos, requiere urgentes medidas de rechazo. Traspasado un cierto umbral, como sucede con el calentamiento global, ya no hay marcha atrás. ¿Será así el mundo que dejemos a las generaciones futuras?