La memoria histórica… en Israel

 

“Un joven atado a un árbol y quemado. Una mujer y un anciano, disparados por la espalda. Unas niñas, alineadas contra la pared y ametralladas”. Así subtitula el diario israelí Haaretz un reportaje sobre documentos, ahora revelados, que conciernen a algunos sucios aspectos de la llamada Guerra de la Independencia de Israel.

Cuando en mayo de 1948 Israel declaró unilateralmente su independencia, como consecuencia del plan de la ONU para la partición de Palestina aprobado en noviembre del año anterior, estalló la primera guerra árabe-israelí, a la que se refieren los documentos citados. Para los árabes palestinos, derrotados al final de la guerra, esto llevó a la emigración o la aniquilación, la llamada Nakba o catástrofe, de la que todavía no se han repuesto.

Los documentos ahora revelados pueden levantar ampollas en la percepción de aquella guerra, tanto en la población árabe como en la judía, pero son un importante y ejemplar ejercicio de memoria histórica, que podrá ayudar a Israel a asumir un pasado que aún se cierne trágicamente sobre árabes y judíos. Se refieren a la ocupación del poblado de Deir Yassin por fuerzas irregulares judías (de las organizaciones Irgun y Leji) que masacraron a los residentes árabes, a pesar de haber permanecido neutrales en los enfrentamientos previos a la declaración de independencia.

No hay que olvidar que tanto el Irgun, que fue dirigido por Menahem Begin (futuro primer ministro de Israel y Premio Nobel de la Paz), como el Leji (más conocido como Stern Gang) eran considerados por las autoridades británicas como grupos terroristas y combatidos como tales. El último fue responsable del asesinato del diplomático sueco Folke Bernadotte, designado por la ONU como mediador en este conflicto.

Una carta escrita por un combatiente judío, llamado Yehuda Feder, explica que el Irgun “efectuó una tremenda operación para ocupar un pueblo situado en la carretera que une Jerusalén y Tel Aviv. Participé en ella del modo más activo”. Y así fue, porque escribió lo siguiente: “Fue la primera vez en mi vida que, por mis manos y ante mis ojos, cayeron árabes. En el pueblo maté a un árabe armado y dos niñas árabes de 16 o 17 años, que ayudaban a un árabe que nos disparaba. Las puse contra una pared y las abatí con dos ráfagas de mi metralleta”.

La cosa no quedó ahí. Siguiendo la más ancestral tradición bélica, donde desde tiempo inmemorial el saqueo y el pillaje siguen a la victoria, añadió: “Confiscamos un montón de dinero y cayó en nuestras manos joyería de plata y oro”. En la misma carta, sin embargo, se lee un párrafo significativo: “Fue un operación realmente tremenda y por eso la izquierda tiene razón cuando de nuevo nos denigra”.

El jefe que dirigió la operación, entrevistado en 2009, declaró: “Huían como ratas. Casa tras casa, poníamos explosivos y salíamos corriendo. Un explosión y… ¡adelante! Así, hora tras hora, en pocas horas no quedaba nada de la mitad del pueblo”. Muchos cadáveres fueron quemados allí mismo, y otro testigo de lo ocurrido, futuro ministro de Israel, contestó así cuando se le preguntó por ello: “Pensábamos que la Cruz Roja llegaría en cualquier momento y era preciso ocultar las pistas [de los asesinatos] porque, si se publicaban imágenes y relatos de lo allí ocurrido, esto deterioraría la imagen de nuestra Guerra de la Independencia”.

Continuó: “Vi bastantes cadáveres. No vi ningún cadáver de combatiente. En absoluto. Recuerdo sobre todo mujeres y ancianos”. Para desmentir que habían muerto enfrentándose a los atacantes, añadió: “Vi a un anciano y una mujer, sentados en un rincón de una habitación con sus rostros contra la pared y disparados en la espalda. Eso no se produjo durante un combate”.

Un antiguo oficial de inteligencia del Haganá, que visitó el pueblo tras el ataque, declaró: “Me pareció algo como un pogromo. Cuando se ocupa una posición militar, esto no es un pogromo aunque muera un centenar de personas. Pero si cuando se llega a una población se la encuentra llena de cadáveres esparcidos, entonces sí es un pogromo. Cuando los cosacos irrumpían en los poblados judíos, debía pasar algo parecido”. Dijo: “Me era difícil entender que todo había ocurrido en legítima defensa. Mi impresión fue más una masacre que otra cosa. Asesinar civiles inocentes puede llamarse masacre”.

Como sucede a menudo al tratar de recuerdos históricos, por trágicos que sean, el arte cinematográfico también aquí ha jugado un papel decisivo con el documental Born in Deir Yassin (“Nacido en Deir Yassin”) que recoge estos testimonios, dirigido por Neta Shoshani. Requirió el testimonio de algunos participantes en la operación, que habían permanecido mudos durante decenios y por vez primera hablaron con ella ante las cámaras.

Aunque el documental sea criticado desde todos los ángulos del espectro ideológico israelí, contribuirá a que los ciudadanos de Israel conozcan mejor su Historia, único modo de ir encontrando puntos de contacto mutuo que les permitan avanzar hacia el futuro sin dejar detrás conflictivas zonas oscuras. Tarea en la que, lamentablemente, los españoles parece que vamos más retrasados que los ciudadanos de Israel.