La “eterna” cuestión kurda

 

La victoriosa conclusión del largo asedio de Mosul, expulsando de esta ciudad iraquí a los últimos resistentes del Estado Islámico (EI), tan gozosamente celebrada sobre el terreno por el ejército iraquí y su Gobierno y difundida por los medios de comunicación en todo el mundo, no debería inducir a pensar que con ello se ha dado el paso definitivo para pacificar la región y acabar con el EI. Tan ilusorio fue festejar con desmedido alborozo la ocupación de las ruinas de una ciudad arrasada como anticipar el réquiem (en versión musulmana, si esto existe) por un enemigo todavía vivo.

Siguen sin haber sido resueltos los profundos conflictos que han venido ensangrentando el Oriente Medio desde la descomposición del Imperio turco tras la 1ª Guerra Mundial y el subsiguiente reparto colonial de la zona. Quizá el más relevante sea el que afecta al pueblo kurdo, olvidado en los tratados de paz que pusieron fin a la guerra, con los que se ahogaron implacablemente sus esperanzas de independencia.

Pero al problema kurdo se suman la ancestral hostilidad entre suníes y chiíes, las rivalidades entre los Estados de la región que pugnan por la hegemonía (Turquía, Irán, Arabia Saudí, Israel o Egipto, por citar los más relevantes) e incluso entre las facciones que dividen entre sí a estos grupos enfrentados: en el seno del pueblo kurdo hay tendencias opuestas, como sucede con los chiíes y los suníes.

Sin tener en cuenta el futuro desenlace de la guerra en Siria (si este llega a producirse en breve plazo), que también afectará al EI, y considerando solo a Irak, las perspectivas de paz son escasas, si no nulas. El amplio territorio del nordeste iraquí donde de halla la recuperada Mosul, alberga una población mayoritariamente kurda (que también se extiende sobre Siria, Irán y Turquía) cuyas ansias de independencia se van a ver exacerbadas tras la toma de Mosul, en la que también participaron las milicias kurdas apoyadas por EE.UU.

Un signo premonitorio de lo que puede ocurrir se observó el pasado mes de junio cuando el presidente de la región kurda de Irak, Masoud Barzani, anunció la celebración de un referéndum sobre la independencia del Kurdistán el próximo 25 de septiembre. Aunque sea solo de carácter indicativo y simbólico, ya que la misión de la ONU en Irak, que habría de respaldarlo, no le concede valor legal mientras el gobierno de Bagdad no lo apruebe, el anuncio ha levantado gran expectación y ha removido peligrosas brasas que solo esperaban algo parecido para estallar en un incendio. El referéndum no se celebrará solo en el territorio kurdo iraquí, sino que abarcará otras zonas de la región que, como consecuencia de la guerra contra el EI, han quedado bajo control de las milicias kurdas.

En Kirkuk, importante ciudad iraquí de la misma zona, se ha activado otra señal de alarma: su gobernador ha elegido la bandera kurda como oficial para la provincia, lo que ha provocado la protesta de las minorías árabe y turcomana. La mezcla del anunciado referéndum con un conflicto de banderas, en el seno de una población que aspira a la independencia, anuncia problemas de difícil resolución.

Un jefe militar kurdo que luchó en torno a Mosul, sobrino del presidente Barzani, afirmó hace algún tiempo: “Necesitamos dividir este país. ¿En qué nos beneficia la unión con Irak? No ha habido un solo día en los últimos cien años sin asesinatos de civiles. Es un matrimonio fracasado… Los límites de la región kurda están bien claros. Tras el referéndum de independencia, los que no quieran quedarse aquí pueden irse al bando de los terroristas”.

Durante la guerra contra el EI las fuerzas kurdas han contribuido a una redistribución étnica, expulsando a la población árabe de algunas localidades conquistadas al EI y ocupándolas militarmente para evitar su regreso. Con esto se ahondan las raíces de un conflicto no muy distinto al de los palestinos expulsados de su tierra tras la creación del Estado de Israel.

Parece natural que EE.UU., principal causante de la inestabilidad en la región desde la irresponsable invasión de 2003, tenga algo que decir al respecto. El jefe de la DIA (Defense Intelligence Agency) ha declarado: “Si no se afronta [el problema de Kirkuk] se reavivará el conflicto entre las partes implicadas, lo que llevará a Irak a la guerra civil. La independencia kurda no es una cuestión sobre ‘si’ ocurrirá, sino sobre ‘cuándo’ ocurrirá”.

No haría falta un referéndum para confirmar que los kurdos desean la independencia. Esto es cosa sabida. Pero el modo de realizarlo es el asunto más difícil. Lo más positivo para ellos sería plantear a Bagdad la totalidad del problema, llegar a un acuerdo sobre fronteras y repartición de recursos naturales (sobre todo, el petróleo) y evitar así un enfrentamiento armado con el ejército iraquí. Luego podría pactarse con el Gobierno un referéndum aprobado por Naciones Unidas. Pero el resplandor de la victoria suele cegar a los políticos más sensatos e inducirles a seguir dependiendo de la fuerza militar para alcanzar sus objetivos. En este caso, tanto el pueblo árabe iraquí como los kurdos serán probablemente las principales víctimas.