Sobre las solidaridades peligrosas

Mi comentario de la pasada semana sobre las ONG cuyos miembros se esfuerzan solidariamente por ayudar a los emigrantes y refugiados que en penosas condiciones atraviesan el Mediterráneo en busca de la soñada Europa, y sobre otras organizaciones, en su mayoría de ultraderecha, enfrentadas a aquéllas para defender una Europa que creen gravemente amenazada, me ha deparado varios correos de lectores, que merecen una respuesta pública y abierta.

Uno de los hilos del debate propiciado por el citado comentario conduce al concepto de “solidaridad”, sobre el que no es fácil poner de acuerdo a los que sustentan distintas ideologías políticas. Creo encontrar un terreno de entendimiento mutuo, partiendo de la hipótesis de que las personas comunes -exceptuando héroes, santos o perturbados mentales- somos básicamente solidarios con lo que amamos. Solidaridad que puede inducir a arriesgar la propia vida para defenderlo. La otra cara de la misma hipótesis es que la puesta en práctica de ese tipo de solidaridad es una prueba indiscutible del amor.

Un inteligente lector me planteó lo que él llamaba un dilema: “¿Acaso he de compartir mi vida con otros ciudadanos de lugares remotos?, ¿acaso he de salvarlos en el embravecido Mediterráneo?, y entonces, si lo acepto, ¿qué va a ser de mi comodidad, de mi vida basada en el Capital, qué va a ser de mis ingresos, de mi vida consumista, acomodada, placentera?, ¿acaso he de compartir mi vida con esta gente y para ello he de permitir que los rescaten, que anden por mi pueblo, por mi ciudad, o mejor será que apoye a todos aquellos grupos que promuevan el rechazo total a todos esos seres humanos desprotegidos?”.

Avancemos, pues, un paso más en esta reflexión. Si la solidaridad es siempre una prueba de amor a algo, el problema aparece cuando ese “algo” solo existe en la mente de algunas personas; o dejó de existir al paso del tiempo, o es un deseo de por sí inalcanzable o una utopía producto de una mente iluminada.

Un ejemplo muy próximo: ¿Existe la España una, grande y libre que todavía algunos proclaman y por la que afirman que darían la vida o incluso matarían a sus enemigos? ¿O lo que en verdad existe es el pueblo español, heterogéneo; los españoles, distintos y variados, englobados en un Estado ni grande ni pequeño y dueños de una libertad limitada por circunstancias en las que apenas pueden influir? La solidaridad más altruista y generosa, aplicada por igual en ambos casos, conducirá a conductas opuestas y enfrentadas.

Una conclusión inmediata y ciertamente peligrosa es que la solidaridad mal encaminada no solo lleva a la antisolidaridad sino a la violencia. Hay que entender que también aman a Europa y se sienten solidarios con ella los que la creen en peligro de perder sus “esencias” básicas al ser invadida por los “enjambres de emigrantes” que a modo de fantasma blanden algunos políticos de la ultraderecha europea, contradiciendo los más evidentes datos demográficos.

Las ONG de salvamento y rescate se solidarizan con una realidad tangible: los miles de inmigrantes que mueren ahogados en el Mediterráneo. Por el contrario, las organizaciones opuestas a aquéllas ponen en peligro las vidas de los seres hoy más desprotegidos del planeta: los que sobre una endeble goma hinchable se juegan la vida tras haber entregado sus ahorros a las mafias que se aprovechan de su desvalimiento. Obstaculizan los esfuerzos humanitarios que intentan salvar las vidas de otros seres humanos, contribuyendo a aumentar el número de ahogados y desaparecidos.

Su pretendida solidaridad con Europa se transforma en insolidaridad con la humanidad. Porque la Europa con la que ellos sueñan tampoco existe sino en su imaginación o en sus sueños enloquecidos, no muy distintos de aquella quimera de la Alemania eterna que llevó a Hitler y sus seguidores a las simas del horror.

Por el contrario, las personas que día tras día son rescatadas de las olas y transportadas vivas hasta tierra firme están ahí, son de carne y hueso como todos nosotros, son el objeto real capaz de recibir el apoyo y el calor de una solidaridad bien entendida.

Escribió el antropólogo Ashley Montagu: “Un factor necesario para la evolución humana fue la cooperación entre individuos; sin él, jamás hubiéramos evolucionado. Nuestra especie no hubiera alcanzado la humanidad”. Contemplando la forma en que muchos de los más civilizados Estados afrontan la tragedia diaria de los pueblos en penoso éxodo por su supervivencia, habría que empezar a temer si esa evolución sobre la que escribía Montagu no habrá llegado a un punto de inflexión donde la humanidad estaría siendo desguazada por la creciente insolidaridad que se extiende por el mundo. Hagamos todo lo posible porque así no sea.