La obsesión otánica por el 2%

La visita que el pasado 25 de mayo efectuó Trump a la OTAN era esperada en Bruselas con una mezcla de temor y de obligada sumisión. El presidente del abrumadoramente principal socio de la Alianza Atlántica insistió en que la solidez y la fidelidad al “todos para cada uno y cada uno por los demás” dependía de la aportación financiera de los aliados, sobre la que él opina que EE.UU. debería pagar menos y los otros miembros deberían aumentar su colaboración, invirtiendo en gastos de defensa la mítica cifra del 2% del producto interior bruto de cada Estado.

Obedientemente, los dirigentes nacionales asintieron a lo que sugería “el jefe de todo esto” y aceptaron adaptar sus planes a lo exigido en el Defense Investment Pledge (Compromiso de inversión en defensa) y a informar anualmente de sus progresos en este sentido, de modo que a fines del presente año, como dóciles alumnos, deberán presentar los primeros deberes bien hechos ante la suprema autoridad otánica.

El propósito final es que para 2024 los Estados cuya participación no llega al 2% del PIB la alcancen y los que la superan (Estados Unidos, Estonia, Grecia, Polonia y Reino Unido) la mantengan. Un repaso a la historia reciente de la OTAN permite anticipar un nuevo batacazo en tan trillado camino.

Desde varios países miembros se elevaron protestas bien fundadas sobre la irracionalidad de este ya famoso “Dos por ciento”, la cifra mítica que obsesiona a algunos ministros de Defensa de la Alianza y les hace sentirse como estudiantes que no han aprobado el examen final.

¿Es un buen indicador de la participación en el esfuerzo de la defensa colectiva un simple índice financiero que solo se relaciona con la producción económica de un país? ¿Es su exacto cumplimiento indicador fiel de una participación equilibrada en lo que consiste la defensa colectiva contra las amenazas reales que se supone ha de enfrentar la Alianza?

Esa rígida cifra del 2% ignora el hecho de que la economía de los países puede sufrir forzosos altibajos que la hacen perder su valor de referencia. Un caso paradigmático es el de Grecia, donde se alcanzó con facilidad porque, como se sabe de sobra, su economía padeció una crisis casi terminal.

Incita también a la práctica de fraudulentas operaciones de ingeniería financiera para disimular su incumplimiento. Ignora, además, en qué recursos específicos se invierte: no es lo mismo contribuir, por ejemplo, a la defensa cibernética que a la cooperación en el desarrollo de satélites de observación. Y lo que es aún peor: prescinde por completo de las percepciones sobre la amenaza que pueden ser -y, de hecho, son- muy distintas en los diversos aliados. Entre un ciudadano de la península ibérica y uno de las repúblicas bálticas es casi imposible compartir el concepto de cuál es la amenaza más peligrosa.

La visita de Trump al cuartel general otánico no solo ha dejado un mal regusto económico, propio de un agresivo tiburón financiero educado en las luchas por la propiedad inmobiliaria. Sigue pendiendo sobre la cabeza de la OTAN la espada de las opiniones expresadas por Trump sobre la Alianza: primero la tachó de obsoleta, aunque de la noche a la mañana cambió de parecer; luego sembró la duda de que si el esfuerzo financiero de EE.UU. le parecía injusto y desproporcionado, los socios de la OTAN no podían estar seguros de que EE.UU. respondiera a lo exigido en el artículo 5 del Tratado fundacional, el corazón de la defensa compartida, el de “todos para cada uno…”.

Dicen algunas malas lenguas que Trump apenas aguanta más de unos pocos minutos escuchando a sus asesores. Para él lo más sencillo es reducir la cuestión de la OTAN al pago o no del 2% del PIB. No parece entender que la defensa no es solo un problema de gastos militares. Algunos socios de la OTAN consumen gran parte de éstos según su propia idea de la defensa, como sucede con EE.UU. y, a menor escala, en Reino Unido y Francia; otros, por el contrario, los dedican enteramente a las necesidades de la OTAN, a la que tienen asignada la mayor parte de sus recursos militares.

Si EE.UU. amenaza con distanciarse de sus aliados europeos, básicamente por una cuestión de imagen basada en las aportaciones respectivas a la defensa común, parecería ya llegada la hora en la que Europa cobrara conciencia de su necesaria autonomía estratégica y se replanteara desde cero una defensa colectiva racional que definiera con claridad las amenazas y conjuntamente adoptara una política de defensa que no dependiera de los caprichos a escala mundial del nuevo emperador de Washington. Siempre que previamente se aceptaran unas bases comunes, como la inutilidad de la OTAN en la guerra contra el terrorismo y la idea básica de que una defensa común necesita una coherencia entre todos los participantes, lo que ahora está muy lejos de existir.

Trump, con sus exigencias, quizá nos haya hecho un favor a los europeos: nos ha forzado a repensar en qué consiste la defensa de nuestro continente y a eliminar tantos viejos conceptos caducados, asumidos como axiomas. Si así fuese, ¡gracias, presidente!