Corea del Norte: entre la guerra y la diplomacia

El pasado 27 de abril, en una entrevista sostenida con la agencia Reuter en la Casa Blanca, Trump declaró: “Existe la posibilidad de que acabáramos teniendo una guerra grave, grave, [major, major war] con Corea del Norte. ¡Absolutamente!”. No obstante, también dijo que él preferiría resolver pacíficamente este prolongado y enconado conflicto, para lo que su Gobierno prepararía un conjunto de sanciones económicas, pero “sin quitar de la mesa la opción militar”. Resumiendo lo que parecía ser una solemne declaración pública sobre su política definitiva en este peliagudo asunto, concluyó: “Nos gustaría resolver las cosas diplomáticamente, pero es muy difícil”.

Es decir, al menos a finales de abril (con Trump las previsiones a más de un par de semanas son inútiles) para Trump parecía tan asumible empeñarse en una guerra con Corea del Norte, incluso con armas nucleares, como resolver de una vez para siempre por vías pacíficas este largo contencioso, que se ha convertido ahora en el enfrentamiento personal entre dos líderes anómalos y peligrosos: Kim Jong-un y Donald J. Trump.

Ambos tienen serios problemas internos: el coreano necesita seguir imponiendo su aplastante poder dictatorial para mantener sumisa a una población empobrecida y al americano no le viene mal cualquier conflicto exterior que ayude a desviar la atención pública de los sospechosos asuntos que aquejan a su corte privada y familiar. En tales circunstancias, redoblar los tambores de guerra y mitificar a cualquier posible enemigo son opciones habituales bien conocidas por los que desean mantenerse en el poder.

Pero el imprevisible Trump (estas dos palabras ya empiezan a resultar redundantes) tan pronto considera aceptable un ataque preventivo contra Corea con misiles de crucero o una ofensiva cibernética, como alaba a su homólogo coreano (un pretty smart cookie: un tipo bastante listo) por su habilidad al hacerse con el poder absoluto antes de cumplir 30 años. A esto añadió un deseo muy sorprendente que no debería caer en saco roto: que le encantaría reunirse con el presidente Kim “si se dieran las circunstancias apropiadas”.

Esto último hace recordar el impulso rompedor que mostró Nixon en 1972 cuando tomó la iniciativa de viajar a China e inició el deshielo en las relaciones con ese país entrevistándose con Mao Zedong. Era tan inconcebible ese radical paso que la expresión en inglés Nixon going to China quedó como el colmo del político capaz de tomar una decisión totalmente opuesta a lo que venía siendo habitual en él y en su entorno político. Pero fue una decisión que cambió para siempre el panorama internacional.

En las circunstancias de hoy, la consabida imprevisibilidad de Trump podía ser un factor positivo para la humanidad. Por el contrario, donde no hay espacio para lo imprevisible es en su rival coreano. Tanto en el desarrollo de armas nucleares como en la prueba de misiles balísticos, el régimen coreano no se ha movido un ápice. Kim, al igual que su padre o su abuelo, ha resistido todas las presiones de EE.UU. para suspender los ensayos y contribuir a desnuclearizar la península coreana.

Si por una parte puede existir un resquicio útil para una solución diplomática, por pequeño que sea -resquicio que no será abierto desde Pionyang sino desde Washington-, por otra parte la imprevisibilidad de Trump también podría abrir la puerta a acciones militares que llevaran al régimen coreano a temer una inevitable agresión de EE.UU. y propiciaran un contragolpe anticipado de catastróficas consecuencias.

Para el régimen de Pionyang, sus armas nucleares y los vectores de lanzamiento son garantía de supervivencia ante la arraigada sospecha de que Washington desea su desaparición y la reunificación de la península bajo el control militar de EE.UU., como el que existe en Corea del Sur. Corea del Norte teme correr la misma suerte que la Libia de Gadafi, quien tras suspender su programa nuclear hubo de sufrir un “ataque humanitario” de EE.UU. y la OTAN para proteger al pueblo libio, ataque cuyo objetivo principal enseguida derivó hacia la eliminación personal del dictador y la extinción de su régimen.

Las crisis coreanas vienen siendo endémicas. Cada tantos años se produce alguna de nueva naturaleza que activa las señales de alarma en la comunidad internacional. Los ejércitos a ambos lados de la línea de separación toman las armas y se cruzan duras amenazas. Sin embargo, una nueva crisis en las actuales circunstancias sería más peligrosa que las anteriores, dada la personalidad de los dos dirigentes enfrentados.

Las amenazas y las exhibiciones de poder militar han sido contraproducentes hasta el presente y ahora pueden ser, además, muy peligrosas. La única certeza en tan confuso panorama es que el estallido de una guerra en la península coreana podría llevar a la humanidad a dejar de preocuparse por el cambio climático: “No hay mal que por bien no venga”.