¿En verdad existen “lobos solitarios”?

 

Con motivo del atentado perpetrado en Manchester por un terrorista suicida el pasado lunes, ha vuelto a ser aireada por los medios de comunicación la figura del “lobo solitario”, esta vez atribuida a Salman Abedi, ciudadano británico de 22 años, nacido en la misma ciudad de una familia de origen libio.

Al escribirse estas líneas la policía está investigando las posibles conexiones del terrorista con otras personas u organizaciones, y aunque el Estado Islámico (EI) ha reivindicado el brutal asesinato múltiple no se concede mucho crédito a su comunicado, pues se supone que es el habitual acto de propaganda para reforzar la decaída situación en que se halla el EI.

Aparte de otras consideraciones pertinentes tras la salvaje agresión ejecutada con motivo de un festival juvenil, cuya calificación desborda los límites de la razón humana, no es inoportuno preguntarse si en realidad existen los llamados “lobos solitarios” o si esta imagen es fruto de la nerviosa confusión que los actos terroristas inyectan en los responsables políticos, en las fuerzas de seguridad, en los medios de comunicación y en la opinión pública.

Parece evidente que la importancia concedida a este tipo de terrorista beneficia, en primer lugar, a las fuerzas de seguridad y a los dirigentes políticos. De tratarse realmente de asesinos aislados y desconectados de su entorno, la opinión pública aceptaría mejor la dificultad para prevenir tales atentados y vería con más benevolencia los conocidos y frecuentes casos de errores en la coordinación de los distintos servicios de seguridad, como ha ocurrido recientemente en Alemania y Reino Unido.

También beneficiaría a los propios terroristas, porque la idea de que viven inmersos y ocultos entre la población y pueden actuar en cualquier momento inspira miedo en la opinión pública, contribuyendo a agravar ese omnipresente terror que es el objetivo principal del terrorismo.

¿Existe, pues, el verdadero “lobo solitario”? Jason Burke, conocido periodista y escritor británico, corresponsal de The Guardian y especializado en asuntos de terrorismo, sobre lo que ha publicado varios libros, manifiesta sus dudas al respecto.

La angustiosa urgencia por informar pronto tras un atentado terrorista induce a buscar una causa que satisfaga a las autoridades y a la opinión pública. Ambas partes quieren rápidas explicaciones, sencillas y asumibles. Pero investigar las vinculaciones de un terrorista puede ser una tarea larga, de semanas o meses.

Los estudios académicos sobre el terrorismo, escribe Burke, muestran que raras veces un terrorista actúa sin que otras personas lo sepan: amigos, familiares, correligionarios, etc. Muy pocos son los que atacan sin previo contacto humano, aunque sea por internet. La Universidad Estatal de Pensilvania estudió 119 casos de terrorismo de este tipo; aunque los atentados se ejecutaron de modo aislado y personal, en la mayor parte de los casos muchas personas sabían la ideología extremista del terrorista y conocieron su voluntad de implicarse en un atentado.

Burke se pregunta si no será que la idea del lobo solitario sobrevive -a pesar de los datos que la desmienten- porque nos interesa y nos tranquiliza. Es algo en lo que deseamos creer. Nos dice que la responsabilidad de la violencia es solo propia del asesino. No mancha a nadie más. Pero, advierte, “la verdad es más desazonadora. El terrorismo es social: la gente se interesa por las ideas, las ideologías y las acciones porque hay otros que ya están interesados en ello”.

Cita Burke el perturbador texto de la alocución fúnebre de un imam canadiense, en cuya mezquita irrumpió en enero pasado un presunto “lobo solitario”, asesinando a varios de sus fieles: “[El terrorista] antes de ser un asesino fue una víctima. Antes de que sus balas penetraran en la cabeza de las víctimas, alguien había introducido en la suya ideas más perniciosas que las balas. Lamentablemente, día tras día, mes tras mes… algunos políticos, periodistas y medios de comunicación emponzoñaron nuestra atmósfera. No queríamos verlo, porque amamos a este país, a su sociedad, y nos gustaría que fuera perfecta. No quisimos verlo, pero ocurrió. Existía ya cierto malestar…  Hemos de reconocerlo: [el terrorista] no surgió del vacío”.

En la lucha contra el terrorismo, como en toda lucha, es peligroso simplificar las ideas o utilizar expresiones que induzcan a error. La mayoría de los “lobos solitarios” responsables de actos terroristas no fueron tan solitarios como a veces se dice sino que se descubrieron vinculaciones con otros extremistas no organizados pero participantes en la misma ideología e incluso en las mismas tendencias a la acción violenta. La habitual pregunta angustiada de los moderadores de tertulias en los medios, tras un atentado como el citado, suele ser: “¿Qué se puede hacer para evitar que se repita esto?”.

Es una pregunta inútil. Como muestra Burke, el terrorismo “es social”, no el producto de una mente desconectada del mundo en el que vive. Y como todo problema de origen social exige una transformación cultural. No hay panacea alguna de efecto inmediato; toda solución será a largo plazo. Y, aún peor, pretender imponerla por la fuerza de las armas -como la guerra contra el terror- solo hará más difícil, penosa y sangrienta la ansiada solución.